Mostrando entradas con la etiqueta mi historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mi historia. Mostrar todas las entradas

21.3.12

Una pelotuda importante

Creo firmemente que a la gente no le gusta el artista feliz. Quizá se deba a mi escepticismo con tendencias fatalistas, o tal vez tenga que ver con mi absoluta incapacidad para escuchar música de Diego Torres o para leer a Coehlo.

Desde que publico en este blog, y desde que leo muchos otros, noto como los comentarios vienen en avalancha cuando se habla de desamor, de rabia, de tristeza o de decepción, como si fuera mucho más fácil conectarse con la bronca o intentar un consuelo inútil con unos pocos caracteres.

No puedo recordar ningún blog que se haya hecho popular - escribiendo relatos personales- que haga foco en la vida feliz en pareja, o en la dicha de ser soltero, o sobre lo bonito que es despertarse cada mañana para sentir el calor de un nuevo día.

El punch siempre está en la anécdota tragicómica, en la catarsis pendenciera o en el desahogo casi suicida. Póngase a ver, ¿acaso no los atrapa más un texto violento? ¿uno donde se mande a la mierda a alguien? ¿uno donde haya mucha puteada bien administrada?. A mi sí, y capaz es mi problema.

Pero es por eso que hasta hoy me he contenido de escribir sobre lo feliz que me estoy despertando a la mañana o lo bonito que suena el mundo justo después de escuchar su voz.

Después de años de sacarle provecho literario - según yo- a mi eterna soltería, no me hayo contándoles que cuando me detengo frente a mi reflejo en algún espejo tengo una cara de pelotuda importante, y casi casi puedo ver mis pupilas en forma de corazones.

¿Notaron que escribí pelotuda?, también por eso me estoy guardando, es que tengo miedo que mis lectores (?) de siempre caigan en cuenta de que me rendí a la jerga de estas latitudes, principalmente para que él pueda entenderme mejor. Aunque le encanten mis venezolanadas que casi nunca entiende.

Releo algunos textos de antaño, y noto como la prosa me salía más bonita - según yo- cada vez que me rompían el corazón. Ustedes no tienen por qué saberlo, pero cada uno de esos textos desgarrados que publiqué intentando sanarme alguna herida tiene nombre y apellido, nombre de hombre que no me dio bola o al que no quise darle bola yo.

Desde hace un tiempo sólo se me ocurre contarles que encontré alguien que me mira como si no existiera nadie más, que se enfrenta a mi melena fuera de control por las mañanas y todavía es capaz de decir que cuando me despierto me veo hermosa. Imagínense, YO escribiendo bajo la cursi e insoportable influencia del enamoramiento. Díganme si no es casi una afrenta.

Sigo sin poder escuchar a Diego Torres cantando pavadas, pero ahora hay una minúscula parte de mi, una que oculto y mantengo bajo llave, que le cree sin remedio cuando nos manda a pintarnos la cara color esperanza.

Ya sé que es terrible esto que les cuento, y les prometo evitar a toda costa seguir escuchando semejantes cursiladas. Pero una cosa sí les digo: es 2012, chicos, y esta debe ser sólo otra señal del apocalipsis.

27.11.11



Pasado un mes ya he aprendido a distinguir casi a primera vista a los lectores Orsai del público común.

La dinámica suele ser siempre la misma con ellos, el lector Orsai entra al bar como si fuera habitué, aunque sea la primera vez que lo visita, va directo a la biblioteca, toma el libro o el número de la revista que prefiere y se sienta en la mesa más fresca y más iluminada que encuentra desocupada. A veces ni siquiera ven el menú, ya saben qué trae la picada mercedina y si no tienen hambre se piden una cerveza o un fernet que luego toman de a sorbitos, muy concentrados en lo que leen.

En cambio, los que caen sin saber nada, sólo porque al pasar les pareció que este era el bar más bonito, se fijan en la biblioteca una vez que se han sentado, o después de ver que el menú, además de picadas y tragos ofrece libros y revistas.

Yo obviamente prefiero a los de la congregación, pero se sabe que soy bastante sectaria. También se sabe que soy bastante egocéntrica, entonces mi más favoritos son los que además de leer Orsai me reconocen como la moza-tuitera y me llaman por mi alias. Es que se oye muy bonito cuando preguntan si soy laperfecta.

Los que se sientan a leer se diferencian unos de otros por la magnitud de la sonrisa. El que lee alguna revista a veces tiene una expresión relajada, casi siempre dejan escapar una sonrisita de esas que tuercen la comisura de la boca cuando llegan al pie de página.

El que lee el libro del gordo se rie ya con todos los dientes, cada página y media aproximadamente, a veces es más. Nunca menos.

Y desde que llegaron los libros de Playo cada tanto alguien suelta una carcajada completa, que si es temprano y aún no se ha llenado el bar rebota en las paredes y nos hace dar la vuelta para ver al que ríe. Al parecer tenían razón los que me decían que los cordobeses son los argentinos más divertidos.

Cada semana llegan más libros, algunos de cuentos y otros de poemas, así que seguramente empezaré a ver gente que suspira, capaz alguno que llora. Para esos me estoy preparando con un vino cortesía de la casa, porque no se puede dejar sin copa a uno que llora leyendo un poema, es casi un derecho humano.

Hasta ahora no pasa un día sin que haya al menos uno leyendo en el bar, y no saben lo contenta que estoy, se siente casi como estar en casa.

25.7.11

444


Hagamos honor al cliché y dediquemos unas palabras a la ciudad que me vió nacer, por su anivesario.

Desde la distancia se ve todo más bonito, pero aprovechemos mi intento de subjetividad y que aún no ha pasado demasiado tiempo desde que despegué de Maiquetía.

No extraño ni un poquito el miedo y la paranoia. Y no me hace falta la cola de la autopista a las seis de la tarde.

Si por mi fuera no volvería a pisar Chacaito, menos cuando llueve, menos si es para entrar al metro. Nunca me hará falta Sawú, Barriot, Romeo ni ninguno de sus asiduos visitantes.

El imbécil que se mete por el hombrillo ya casi se me olvidó, y el motorizado que me atropelló (y todos sus colegas) ya es un recuerdo lejano, a punto de ser erradicado para siempre, como un tumor.

La vieja que sale con una cacelora a la segunda avenida de Los Palos Grandes se me olvidó cuando el avión no alcanzaba ni la mitad de la altitud máxima del vuelo Caracas - Buenos Aires.

El vivo que se me coleaba en la fila de aquel ministerio, el carajito que guardaba 17 puestos en el cine del Tolón y el chofer de la camioneta que ponía a Eddy Santiago a todo volumen, por mi ya pasaron a mejor vida, todos, a una fosa común.

Las Mercedes inundada un viernes de quincena. El estacionamiento del San Ignacio colapsado un sábado. La Plaza Venezuela convertida en estacionamiento, violento y ruidoso, cualquier día de la semana. Todas son imágenes casi eliminadas de mi base de datos.

Pero aún me despierto algunos domingos con ganas de ir a comer panquecas con mi gente a Boston Bakery.

Aquellas dos guacamayas azules que pasaron volando a dos metros del carro donde estaba - estacionada- en la autopista no se van a olvidar jamás.

Tierra de Nadie y el Aula Magna, en mi UCV, son todavía, y para siempre, dos de mi lugares favoritos en el mundo entero.
La terraza del 360 seguirá siendo el escenario ideal para cualquier primera cita. Los jardines de Los Galpones de los Chorros son aún mi sala de cine favorita.

Nunca me voy a comer nada más rico que una arepa de guayanés en El Budare. O un perro, después de la rumba, en la Texaco.

Jamás voy a emborracharme y gozar tanto como lo hice en El Molino.

No se me olvida ninguno los 350 tipos de verde que muestra el Ávila, dependiendo del mes, la hora o el ángulo desde donde lo miras.

Caracas será siempre el lugar donde me enamoré por primera vez. Y donde me rompieron el corazón, ya perdí la cuenta de cuantas veces.

En ese valle se acuestan y se levantan todos los días - todavía- algunas de las personas que más amo, y que más me aman, de paso.

Hay dentro de sus límites dos o tres casas donde todavía me recibirían como en mi propio hogar.

Caracas será siempre mi Caracas. Aunque a veces pareciera que ya no la quiero más. Aunque Buenos Aires sea cada vez más Mi Buenos Aires. Aunque ya me haya acostumbrado a no buscar aquella muralla verde para ubicar el norte.

Así que Feliz Cumpleaños, Caracas. Y me perdonas el cliché.

3.7.11

Esto no es la continuidad de los parques


Esta ciudad me está enseñando un montón de cosas. Lo primero y quizá lo más importante es que esta ciudad me enseñó a caminar. Perderle el miedo a las decenas de cuadras es la primera señal de que te estás entendiendo con Buenos Aires.

Estando recién llegada un mesonero amable -es decir, un espécimen en vías de extinción- me explicó que no necesitaba tomar un colectivo para hacer las 20 cuadras que me separaban de mi casa. Eran las 2 de la mañana de un sábado y la zona estaba aún en pleno movimiento luego de un concierto masivo y gratuito, donde pudimos ver a Plácido Domingo cantar unas canciones muy graciosas y luego un par de tangos que le quedaron bien bonitos.

El mesonero no se daba abasto para atender un lugar atiborrado de gente pero aún así se tomó la molestia de explicarme que "por acá nomás, derecho siempre" llegaba a mi destino. "Son 20 cuadras apenas, me dijo, y además la noche está linda". Para mis parámetros tropicales ya estaba haciendo un poco de frío, y 20 cuadras era muchísimo. Pero desde este julio polar entiendo ahora que sí estaba linda la noche, y que no era tan lejos.

Verán, 20 cuadras en una ciudad con aceras y gente, no es nada. Y si en cada esquina hay un cartel que te indica nombre y ubicación, pues menos.

Así que eso fue lo primero que aprendí acá, que en las ciudades se camina, y además, se camina sin miedo.

En ese mismo orden de ideas, aprendí que hay unos dibujitos cuadriculados, con números y algunas manchas verdes, que se llaman mapas. Y que con esos mapas es posible llegar a un lugar aunque no hayamos ido nunca antes. Es muy fácil, más si los dibujitos los buscas en internet. Estás en un lugar X, que tiene un nombre y un número, y vas a un lugar Y, que tiene otro nombre y otro número. Simplemente los señalas en el dibujo y con un poco de sentido común te desplazas de un lugar a otro.

Ayuda mucho que además de tus pies, puedes usar unos autobuses que recorren toda la ciudad para movilizarte. Ya en Caracas había aprendido a usar los autobuses, pero acá es más fácil porque a alguien muy inteligente se le ocurrió ponerles unos números grandotes al frente, y luego en cada calle, bien señalizado con un poste alto y un cartel, están los mismos números que se ven al frente de los buses. Entonces si quieres montarte en el 39, buscas en el mapa dónde se para, caminas hasta allí y donde veas el poste con un 39 lo esperas. El resto sí es lo mismo, sacas la mano y te montas en el bus cuando pare.

Imagínense mi asombro, yo que llevaba 25 años moviéndome con indicaciones como "sabes donde está el quiosco verde? bueno ya no está, pero ahí te paras y cuando veas la camioneta del aviso amarillo la paras, pero pregunta porque a veces no tienen aviso, o a veces tienen aviso amarillo pero van para otro lado".

Podría decir entonces que esta ciudad me enseñó también un poco de civilización, pero tampoco es tan así porque créanme que esta gente a veces se pone incivilizada. Se amotinan y queman uno de esos buses con números enormes, en la mitad de la vía. Y cuando preguntas por qué te dicen cosas sobre el campo, o sobre equipos de fútbol que se van a un lugar llamado "la B" y que nadie sabe donde queda pero debe ser horrible porque todos lloran cuando los mandan para allá.

Una vez aprendido lo de caminar, esta ciudad te empieza a enseñar otras cosas. Te enseña a caminar viendo para arriba, porque hay unos edificios que tienen 200 años y que son una cosa hermosa para contemplar cuando les pega el sol de las 5 de la tarde. Aunque también aprendes a los golpes que deberías estar mirando al suelo, porque hay más perros que gente y la poca gente que hay no tiene ni idea de que cuando saca a sus perros a pasear, deben llevar bolsitas para recoger lo que ellos van dejando por la calle.

Finalmente, aprendes que estar solo no es tan terrible como nos habían dicho toda la vida en nuestras ciudades tropicales. Si te fijas por la calle, ves que en todos lados hay mucha gente sentada sola, tomándose un café (aunque nadie haya aprendido aún a hacer uno decente) o almorzando con la vista hacia el parque. Ah! porque se me olvidaba, esta ciudad también me enseñó que esas manchas verdes que se ven en los mapas son unos lugares preciosos llamados parques.

Están usualmente llenos de árboles, bancos y gente. Gente sola o acompañada. Leyendo un libro o tomando el sol. Porque se aprende a apreciar al sol, cuando nada más calienta durante 6 meses al año.

Pensar que yo siempre lo dí por sentado, al pobre. Pero no, se ve que no puede estar en todos lados a la vez, así que como en mi ciudad está de guardia todo el año, acá tiene que tomar turnos para que le alcance la luz y el calor.

A dos cuadras de mi casa está uno de esos parques, aunque en realidad es un jardín. Está lleno de plantas de todo tipo, y en la pata de cada una hay un cartel que dice como se llama, en cristiano y en latín, como para que entienda todo el mundo.

A ese parque voy de vez en cuando, sola, con algún libro o una de las 12mil guías que tengo que leer en la universidad. Llego, me siento en un banco donde pegue el sol (porque desde que llegué lo aprecio más) y cuando me desconcentro de la lectura, porque está aburrida o yo estoy dispersa, me quedo lela viendo hacia alguno de esos edificios que les digo, o viendo pasar los autobuses por la avenida del frente. Si empieza a hacer frío me voy a algún café, siempre caminando, y trato de leer un poco más o me pongo a pensar en cualquier cosa.

Hoy por ejemplo me puse a pensar que debería escribir en el blog sobre las cosas que hasta ahora me ha enseñado esta ciudad. Y así llegué a acá, a escribir esta tontería. Porque esta ciudad además de enseñarte cosas tiene la habilidad de ponerte a pensar, y yo cuando pienso, casi siempre, escribo.

21.6.11

Antonio, la historia que no debió continuar

La última vez que nos vimos, ustedes y yo, quiero decir, yo había cerrado la puerta de mi apartamento en Caracas dejando al pobre Antonio con su declaración de amor y sus ojos febriles del otro lado.

Lo bello de la indiferencia es que no molesta. Más allá de un supiro de dolor - y algo de lástima, porque soy un terrible ser humano - la confesión de Antonio no me generó nada más. Recordé por un instante las veces, porque fueron dos, que yo misma había hecho una confesión de amor sin ser correspondida y me sentí muy mal por él, pero ya. Ni modo, la vida es así.

Poco después de esa navidad me mudé, pero nada radical, me cambié del 4to al 1er piso del mismo edificio y eso sólo significó menos escaleras para subir el mercado y, afortunadamente, menos oportunidades para tropezarme con Antonio en los pasillos.

No estoy segura de haberlo visto de nuevo antes de esa tarde nefasta de nuestra primera y única cita. Pero sí recuerdo que mientras toda esta historia sucedía otra historia paralela tenía lugar conmigo como protagonista. En esa época estaba en otra de mis relaciones sin futuro, prácticamente inventadas por mi, en la que todo volvió a salir mal.

No dije la vez anterior que cuando Antonio me acompañó al metro, esa vez que me pidió el teléfono, mi verdadero destino no era la estación. Cuando el pobre flaco me preguntó a donde iba esa mañana, le dije que iba al metro para ahorrar conversa, en realidad iba a uno de los edificios aledaños a la estación más cercana a mi casa, que era donde trabajaba. Durante mis primeros cuatro años en Caracas viví, estudié y trabajé a distancias caminables. Eso en Caracas no es común, y casi nunca le agradezco al universo por eso.

Mi oficina quedaba entonces muy cerca del lugar donde yo vivía y Antonio trabajaba, así que una tarde desdichada salí de trabajar, y me senté con una amiga a tomar un café a media cuadra. El café se convirtió en tres cervezas y una conversación eterna en la que mi amiga y yo despotricamos contra el mundo y contra los respectivos hombres que nos hacían invivible la vida en ese instante. A las 6 ó 7 de la tarde, algo molestas con el mundo, pagamos la cuenta y salimos a la calle.

Antonio casi me lleva por delante, como en las películas, y cuando se volteó a disculparse se dio cuenta que era yo. En vez de salir corriendo, que era lo que cualquiera de los dos tendría que haber hecho, nos sonreímos. Hola como estás, bien y tú, trabajando como siempre, menos mal que es viernes, sí menos mal, no quieres ir al cine?, bueno dale.

Ni yo misma supe que estaba yendo al cine con Antonio, hasta 10 minutos después. Caminamos hasta el centro comercial más cercano, y en esa caminata tuve la conversación menos interesante de mi vida.

Ustedes tienen que saber que yo soy loca. Eso no es nuevo. Y también saben que me gusta dármelas de intensa. No tengo problemas para sentir atracción física por muy distintos tipos - tengo un amigo que lo llama paladar universal - pero mi gran problema es encontrar compatibilidad intelectual. Por eso es que seguro me voy a hacer vieja rodeada de gatos. Por snob y wannabe. Por querer dármelas de sabionda. Pero ese es otro tema.

La cuestión es que llevé la charla hacia los temas que me interesa saber de entrada. Qué lee. Qué oye. Qué mira este tipo. No puedo presentarle a mis amigos un tipo de esos que dice que "no es de leer", porque mis prejuicios absurdos no me dejarían vivir en paz.

El pobre Antonio lo intentó, pero confundió My chemical romance con The chemicals brothers. Me juró que Padre Rico, Padre Pobre le había cambiado la vida. Y con una estocada final, me confesó que de lo que había visto recientemente en el cine su gran favorita había sido Una noche en el museo. "Es muy cómica", me dijo el inocente.

Para cuando llegamos a las taquillas abarrotadas de gente ya yo estaba buscando un arma punzopenetrante para causarme algún tipo de daño que me obligara a ir a un hospital. Lamentablemente no la conseguí.

En vez de eso, tuve que soportar una hora de cola para comprar los tiquets, y cuando me dirigía a la sala, apurada porque no me gusta ver una película empezada - así sea una mala como la que íbamos a ver- prácticamente me obligó a hacer una segunda cola, para comprar bebidas y chucherías. Porque "como te voy a traer al cine sin comprarte un chocolatico?". Era un dulce.

25 minutos, dos litros de cocacola, medio kilo de cotufas y 350 grs de chocolate más tarde, entramos a una sala sobrevendida, con las luces ya apagadas y una obesa Danielita Alvarado en la pantalla. Porque sí, fuimos a ver Una abuela virgen. Laputaquemeparió.

No encontramos asientos juntos, así que Antonio decidió que lo mejor sería que yo me sentara en el asiento del extremo que estaba vació en la primera fila y él se sentaría en las escaleras.

Le rogué que no, que por favor se sentara en una silla, le dije que vendrían a decirle que no podía estar ahí. Pero se le rompía el corazón por no poder ver la película a mi lado. Por supuesto que cinco minutos más tarde se me rompía a mi la cara de vergüenza cuando llegó el empleado del cine a levantarlo del suelo iluminándonos con una linternita. El cine entero nos puteó hasta que una amable señora nos llamó desde el otro extremo para decirnos que ella se movería de lugar y nos dejaría dos asientos continuos libres.

Cuando creí que lo peor había pasado y pude sentarme a ver cómo Iván Tamayo hacía el ridículo en pantalla gigante, Antonio se las jugó todas. En un intento de romance trató de darme cotufas en la boca. Sí, con su mano, en mi boca. Estonomepuedeestarpasandoami.

Terminó el martirio, y la película que bien pudo haberse llamado así. Y salimos. Yo soñaba con la teletransportación pero no fue posible. Antonio insistió en que tomáramos algo y yo todavía me caigo a cahetadas a mi misma cuando me acuerdo que dije que sí.

Entramos a un Fridays o similar, y yo pedí la cerveza más fría del bar, para tomármela de un trago.

¿Se imaginan que sucedió? Obviamente, Antonio había interpretado nuestra salida como un éxito rotundo y me volvió a pedir que fuera su novia.

Lo que hice a continuación debe ser la causa del karma que pagaré en esta y las próximas siete vidas. En mi defensa debo decir que el pánico se apoderó de mi y mi paciencia ya no existía.

Me disculpé para ir al baño y salí del bar lo más rápido que me dieron las piernas. Antonio todavía debe estar ahí, porque por el edificio nunca más lo volví a ver.

6.6.11

Antonio, el momento más incómodo de mi vida

A Antonio lo conocí en el edificio dónde yo vivía y él trabajaba. Nos veíamos siempre en las escaleras, porque el edificio tenía sólo cuatro pisos y no había ascensor. En ese entonces yo vivía en el apartamento 4-A, y él trabajaba en la oficina que quedaba en el 3-A.

Cuando llegaba de trabajar los viernes, ya de noche, lo veía siempre reunido con los manganzones de la cuadra tomando cervezas en el portal del edificio. Se le notaba a leguas que él era el bobo que se junta con los malos para parecer malo también, y eso lo hacía parecer más bobo todavía. Siempre incómodo aparentando. No era feo, al menos. Y se notaba también que era deportista o iba a un gimnasio, pero ni eso lo ayudaba.

Cuando recuerdo esta historia siempre concluyo que a Antonio lo ayudó la constancia y la suerte. Porque a mi siempre me pareció muy tonto, la verdad. También le ayudó mi ego, que es el mismo ego de todas las mujeres, que le ganaba a veces a mi sentido común.

Antonio siempre me miró como si no hubiera otra mujer más bella ni más importante. Casi podía oírlo aguantar la respiración por la emoción cuando me tenía cerca. Y esa adoración casi infantil alimentaba mi ego.

La primera señal que debió hacerme huir la dejé pasar porque me causaba hasta un poco de gracia. Antonio comenzó a esperar, supongo que con el oído pegado a su puerta, a que yo saliera de mi apartamento en las mañanas, sólo para salir a saludarme en el pasillo. Cuando yo cerraba la puerta de mi casa, escuchaba como se abría la puerta del piso de abajo, y cuando me asomaba al segundo tramo de las escaleras ya él estaba abajo, al pie del último escalón, esperándome con esa sonrisa tonta y un gesto que quería decir ¡Buenos días! pero en realidad decía ¡soy patético!.

Al principio me saludaba con un hola tímido, pero de a poco evolucionó en un saludo de beso en la mejilla que al final era ya un abrazo apretado como el de los amigos que no se ven hace años. Yo respondí siempre casual a su acoso mañanero, en parte porque no me quedaba otra y en parte porque me parecía inofensivo, aunque empalagoso. El papá de Antonio era también su jefe, y un buen amigo de mi propio padre. Trabajaba en esa oficina desde hacía muchos años, más del doble de los que llevaba mi familia viviendo en ese edificio.

Un día Antonio se atrevió a decirme más que el hola usual, y me preguntó, con torpeza, a dónde iba. Yo le respondí, con brusco tono de obviedad, que a trabajar, como todos los días. Él sugirió que iba al metro, y yo tuve que confesar que yo también. Así que sin preguntar decidió que caminaríamos juntos hasta la estación más cercana.

En esas 5 cuadras me preguntó donde trabajaba, qué hacía, y todas esas preguntas aburridas que se hacen para matar el tiempo. Pero cuando nos acercábamos a la estación me agarró desprevenida y me pidió que le diera mi teléfono. "Para ver si hacemos algo un día de estos", me dijo. Yo consideré la idea de darle un número equivocado para sacármelo de encima sin incomodidades, pero no había escapatoria, nos veríamos al día siguiente (o el mismo día en el peor caso) y además él se adelantó con el único rapto de brillantez que le vi en los casi 3 años que nos conocimos y me dijo que llamaría en ese mismo momento a mi número, para que yo pudiera guardar el de él.

Desde ese día comencé a recibir mensajes esporádicos, siempre cortos y precisos, casi siempre los viernes. "¿Qué haces hoy? ¿tomamos algo?". Y yo siempre lo evadía con excusas. Que estoy cansada. Tengo planes. Hoy no puedo. Pero algo me impedía rechazarlo de frente y mandarlo al zipote de una sola y buena vez. Supongo que era como tratar mal a un niño ingenuo, como decirle a un inocente que Santa no existe. También debo confesar que su insistencia me halagaba, de nuevo el ego, mi desgracia.

Un día de diciembre, casi año después del incidente del teléfono, llegué a casa con una maleta llena de botellas de licor. Era el regalo navideño de la oficina en la que trabajaba. Eran unas 10 botellas embutidas en una maleta con rueditas, así que pude arrastrarla sin problemas hasta que llegué a las escaleras de mi edificio. Comencé a subir con esfuerzo, pero el ruido que hacía intentando subir hizo que Antonio se asomara al pasillo a ver qué pasaba, Cuando me vió salió corriendo en mi auxilio y me reprendió con muchísima ternura que no le hubiera llamado desde un principio para subir esa maleta tan pesada. Una dama como tú en estas, me dijo, es el fin del mundo, pudiste hacerte daño, como se te ocurre, si aquí estoy yo para ayudarte cuando me necesites. Era muy gafo, pero muy galante, el pobre Antonio.

En la puerta de mi casa le di las gracias y abrí la puerta lo más rápido que pude para terminar pronto con la escenita, pero Antonio no me dejó.

Nunca imaginé lo que estaba a punto de pasar. La pena ajena que siento cuando lo recuerdo me hace cerrar los ojos, me da ganas de retroceder el tiempo y dejar la maleta en otro lado, llegar más tarde, llamar a mi papá para que suba él la maleta, cualquier cosa para evitarle a Antonio, y a mi, lo que sucedió después.

Antonio impidió que cerrara la puerta y me tomó de las manos, no había nadie en mi casa, así que nadie pudo salvarlo con una interrupción. Yo estaba ahí parada, con ese pobre hombre agarrándome las manos con sus propias manos sudorosas y temblando, porque temblaba, lo juro, sin saber qué hacer ni a donde mirar, me parecía demasiado cruel soltarlo con brusquedad y cerrarle la puerta en las narices, pero hubiera sido mejor.

Me miraba con los ojos brillantes, como Candy Candy, y empezó a hablar a tropezones. Me dijo que yo era la mujer más especial que él conocía - pero nunca cruzamos más de diez palabras-, me dijo que era tan bella y tan elegante - en esto tenía razón, no podía contradecirlo-, me dijo que hace mucho tiempo pensaba en mi - cosa que quizá era cierta- y que tenía algo muy importante que decirme.

Aquí debo aclarar que esto ocurrió cuando yo tenía 20 años. Él debía tener 25 o 26. Eramos gente grande, pues. Gente que trabaja y que es mayor de edad. En conclusión, ya no éramos ningunos carajitos. Es por eso que lo que me dijo no me podía caber en la cabeza.

Con la voz quebrada por los nervios, y aferrado a mis manos como si fuera a caerse, o porque sabía que iba a caerse en ese barranco en el que se estaba lanzando, Antonio me miró con los ojos llenos de lágrimas - esto lo juro por mi propia vida- y me dijo que estaba enamorado de mi y que quería preguntarme si yo quería ser su novia.

En pleno 2006, en plena era del reguetón y siendo dos adultos que se conocen vagamente, este hombre se me estaba "declarando", así a la antigua. Con la gracia de un aguacate, sin haber siquiera ido a comer helados, este tarajallo que trabajaba y tenía licencia de conducir, se me plantaba en frente a punto de llorar y me decía textual "yo estoy enamorado de ti y te quería preguntar si quieres ser mi novia".

Debe haber sido el momento más incómodo de mi vida. Más que todas las veces que yo misma había hecho el ridículo frente a un hombre, y créanme, a los 20 años ya había hecho ese tipo de ridículos decenas de veces.

No sé ni qué le dije, pero seguro fue algo como que le agradecía muchísimo que fuera tan amable conmigo, pero que no podía responderle algo así, ¡no sabía ni su apellido!. Que muchas gracias, pero no gracias. Y ahí sí me solté y cerré la puerta lo más rápido que me dieron las manos y la maleta, que seguía atravesada en el umbral.

Pasé varios días tragando grueso para no encontrarme al pobre tipo en el pasillo, y creo que él también lo intentaba porque no nos vimos por un tiempo.

Pero lo peor del cuento es que no terminó ahí. Yo llegué a salir, as in a date, con Antonio. Un par de meses después. Lo sé porque google me permite ponerle fecha a nuestra cita por la fecha de estreno de la película que fuimos a ver.

¿Cómo llegamos a tener una cita ese personaje y yo? ¿Cómo fue esa cita? Es material para otro post. Así que... esta historia continuará.

26.7.10

Aniversarios


A veces se celebran en conjunto. A veces en pareja. Y a veces solos.

Lo cierto es que celebran, porque siempre hay algo que conmemorar. Sea la alegría de lo que sigue ahí o la nostalgia de lo que ya no está Aunque pocas veces se celebra que no haya nada, que no hubo nada, pero pensamos que sí.

A tu salud, tomo el último sorbo de este trago. Oyendo de fondo el ritmo que impartes, tan bien en vivo como en estudio. Revolcándome en la nostalgia de lo que sigo inventándome que fue, masoquista como me gusta ser.

Porque igual no hay nada de este lado del charco que merezca la mitad del recuerdo que guardo de ti.

25.3.10

Sobre los encuentros transitorios


Hoy estuve recordando que hace mucho tiempo que no voy a un hotel.
Un hotel de los que sabemos, no se me hagan los locos.
La cosa es que llega un momento de la vida en el que si no es en su casa es en la mía, porque ya estamos grandes y todo eso. Pero debo admitir que extraño un poco ese proceso en el que decidimos que vamos a ir a un sitio exclusivamente a tener sexo, premeditado y con alevosía.
Al principio, hace ya algún tiempo de eso, me costaba mucho manejar con naturalidad el trayecto y la llegada a un lugar al que todo el mundo sabe a qué vas.
Seguro que para el hombre también representa un reto decidir el momento en el que va a proponer concretamente que te traslades con él a un sitio exclusivamente para a intercambiar fluidos corporales, o "hacer el amor" según sea el caso. Mientras que para la mujer es mucho más sencillo, porque como dice mi madre "el hombre propone y usted dispone", así que sólo queda negarse con diplomacia, lanzarle el trago encima por atrevido, o sonreír con picardía para dar el ansiado "sí quiero (tirar)".
Esas primeras veces se hace eterno el camino que lleva al hotel. Uno no sabe si tiene que asumir el tema con ligereza y preguntar si antes hay que pasar por el farmatodo, como quien comenta que hace calor. O si es mejor hacerse el loco y hablar de la calima mientras se cambia la emisora radial, hasta que hayas cruzado la puerta de la habitación y empieces a arrancar ropas de vestir y desordenar ropas de cama.
Con el paso del tiempo - que tampoco ha sido tanto, no me tomen por precoz- se aprende a equilibrar la conversación, a dominar el arte del coqueteo on-the-road y a pasar una manito por la pierna descuidadamente como para avisar con ese abreboca que lo viene va a estar bueno.
También cuesta acostumbrarse a la dinámica del sitio. Todos ustedes, o casi todos al menos, saben de lo que estoy hablando.
Si es uno de esos lugares en los que pagas en el auto-fuck que está a la entrada sin bajarte del carro, te tienes que calar la cara de fastidio del pobre pana que tiene toda la noche allí viendo desfilar a una cuerda de tirones que van a pasarla del carajo mientras él se cala el frío de la madrugada. O peor, los hay de esos jodedorcitos que te miran de reojo como para ver que es lo que se está comiendo el pana, y lanzan una sonrisita "picarona" cargada de juicio.
Si hay que bajarse del carro y pasar por recepción es peor. Ahí le da chance a la mujercita que atiende el sitio de mirarte de arriba abajo para ver por qué es que alguien ha decidido alquilar un cuarto por 6 horas sólo para verte desnuda.
Una vez salvado el trámite de pago, viene el larguísimo momento que se extiende hasta el primer beso de la jornada. Porque luego de ese primer beso ya no se piensa. Por eso siempre he creído que es mejor que te estés muriendo de ganas, que no puedas esperar a subir en el ascensor o a bajarte del carro para empezar la faena. Mientras más rápido terminen las oportunidades para hablar menos chance hay para que digas algo incómodo o incoherente como "ay! esta cama es más bonita que la del hotel de al lado" (vale acotar que el hotel de al lado no se visitó con el mismo acompañante de éste).
Una sola vez me llevaron a un lugar que aunque se veía muy bien por fuera, estaba decorado en el interior con cuadros de mujeres desnudas que chapoteaban en lagos con delfines. Afortunadamente el acompañante era mi novio formal y querido, así que me quejé con firmeza y nos fuimos del sitio desaprovechando el tiempo ya pagado.
En otra ocasión nos quedamos dormidos pasado el tiempo reglamentario, que suele ser más que suficiente siempre que no estés bajo los efectos de una noche de rumba y caigas desmayado. Y faltó poco para que llegaran los bomberos a destruir la puerta con un hacha.
Maté la curiosidad caraqueña por conocer el Aladín y debo decir que es una de las camas más cómodas en las que he dormido en toda mi vida. Y así como me llevaron al antro de los delfines, también puedo contar que hay quien ha decidido pasar la noche conmigo en un hotel 5 estrellas.
En fin, antes de que me volviera gente grande que tira en su casa o en la del otro, tuve algo de chance para ver y conocer. Obviamente hay muchas historias. Pero me parece que una dama debe guardar algunas cosas para mantener el encanto del misterio.

Eso sí, y en esto soy irreductible: yo nunca, pero nunca, he pagado el hotel.
Primero muerta que sencilla.

13.8.09

Primeras veces


La primera vez que la vi me pareció que era una buena muchacha, creí que era tranquila e introvertida. La sentí amable pero temerosa. Tenía el cabello demasiado largo para mi gusto. Le expliqué una dirección en una ciudad que no conocía, y ella asintió como si entendiera. Pero yo sé que no entendió.
Hoy es una de las personas que conforman el centro de mi universo. La conozco, al punto de leer sin palabras los más leves cambios en su humor, como aprendemos a hacer las mujeres. Tanto que mi humor se ha adaptado al suyo, y hay pocas cosas que disfruto tanto como compartir códigos. Me hace sentir especial

La primera vez que la vi fue en un salón de clases, y he reconstruido ese recuerdo a partir de sus versiones porque yo sola no hubiera podido. Seguramente hablamos de alguna intrascendencia académica. Ella todavía arrastraba las consecuencias de los tardíos noventas, el cabello demasiado amarillo para su tono de piel y los pantalones demasiado a la cadera para cualquiera.
Hoy es mi hermana. Porque quisimos. En ella deposito una confianza a la que no le cabe ningún epíteto. Esa que no se mide. Que no titubea. Que da miedo. Lo que más me gusta es que no puedo decir en qué momento nos convertimos en esto, y que no hay alma sobre el universo que pueda convencerme de que no vamos a estar juntas – en algún nivel- para siempre.

La primera vez que la vi ella no me veía. Cantaba desde una tarima un poco triste, como todo lo que alguna vez fue mejor. La tarima estaba triste porque había sido mejor, no ella. Nunca hubiera predicho que años más tarde compartiría todos los matices de la cotidianidad con esa figura que se me hacía tan distinta a lo que soy.
Hoy es la principal fuente de mis risas. El receptáculo de mis afectos más reptiles. La cuota de tacto que me hace falta para sobrevivir el transcurrir de la rutina. Porque he descubierto que no puedo vivir sin exteriorizar, incluso si eso raya en la demencia momentánea. O en lo exacerbado. Somos políticamente incorrectas y hasta incómodas. Y a ninguna de las dos le importa.

La primera vez que lo vi me pegó el rayo del que hablaban los sicilianos amigos de Michael Corleone. Podría describir lo que llevaba puesto, con detalle de script. Podría repetir la línea argumental de mi pensamiento luego de que se abriera esa puerta por la que entró. Podría asegurar que diez segundos después del primer paso en el umbral yo estaba segura de que sería parte de mi historia.
Hoy está erradicado de ella. Como la prueba latente de que todos nos equivocamos. A veces con demasiado ímpetu.

La primera vez que lo vi aún no habíamos entrado en la adolescencia, pero estábamos a punto. Él tenía puesto el clásico suéter azul colegial, sobre la camisa blanca. Su cabello bien podría haberle ganado un casting para la primera parte de la saga de Harry Potter. Me enamoré de él después de parpadear. Sin saber su nombre. Y tendría que pasar algún tiempo para que él supiera el mío.
Hoy es la ausencia más cercana que tengo. El trailer de mi vida que anda y respira. Mi propia versión de un diario íntimo de carne y hueso. La imagen que ilustra el concepto de candor en mi Wikipedia. La prueba de que puedo ser mejor de lo que fui. Y que no soy tan mala como he comprobado que puedo llegar a ser.

La primera vez que lo vi fue a los ojos, porque no mostró nada más. Yo luego aprendería que no hacía falta. No dijimos nada importante y ni soñamos que alguna vez nos lo diríamos. Por eso representa la jugarreta más hermosa que me ha hecho la existencia.
Hoy es el único olor que reconozco. La única parte sin la que no me imagino. Mi propia interpretación de lo que es incontaminado. El regalo que me tocó cuando repartieron las certezas. Y la vacuna contra el escepticismo visceral que carcomía mis domingos más oscuros.

31.7.09

Una frase fue todo lo que hizo falta

Al pseudoLorenzo, porque mientras estuvo yo fui Lucía
Y me gustó


Quiero insistir con mi teoría positivista que afirma que ciertas personas llegan a nuestras vidas como pequeñas apariciones especiales (con un objetivo específico), otras se quedan algunas temporadas (para ayudarnos a resolver o entender algo) y otras se quedan para siempre (porque se convierten en parte de lo que somos).

También me gusta creer, romántica solapada como soy, que los ciclos se cumplen y que hay señales que nos indican el camino. A veces esos ciclos y señales son cosas muy complicadas que no vemos hasta que han terminado de pasar, y otras veces está clarísimo cuando empiezan o terminan.

Desde hace un año tengo un pequeño recordatorio pegado al corcho de mi pared, como si hubiera sido posible que se me olvidara cierta fecha. Como si no hubieras sido tú solito una marca indeleble en mi calendario.

A mi me gusta hablar demasiado, eso lo sabemos. Pero casi siempre tengo problemas para escuchar a los demás. Entonces pasa que me descubro repitiendo los mismos consejos que me han dado a mi, y que yo misma no he sabido escuchar. Egocéntrica como soy, parece que no hicieran eco hasta que los escucho en el sonido de mi propia voz.

He decido entonces dejar plasmada esa pequeña cuota de sabiduría acá, donde pueda escucharla de nuevo cada vez que sea necesario.

El asunto es este: Está en nuestras manos, sólo en nuestras manos, lograr lo inolvidable. Y para ello es necesario arriesgarse.

Es como entrar al mar. Nunca he entendido esa absurda manera que tiene la gente de mojarse por partes, evitando el frío y alargando el sufrimiento del agua helada. No, señores, no!. Hay que lanzarse de cabeza, sin pensarlo. Cuando estés completamente empapado, ya no sentirás frío. Creánme, lo he comprobado.

Una vez hace un año, me lancé de cabeza. Parecía una tontería en su momento, pero sin darme cuenta estaba cambiando en ese preciso instante.

Cambié para entender que a veces un simple gesto (sonreír, saludar, actuar) te abre las puertas a un instante que atesorarás, sino por siempre, al menos por un buen tiempo.

Ya lo dije una vez, hay gente que no sabe el impacto que causa en tu vida. Así sean dos días perdidos en algún julio tropical. Con un desconocido que permanecerá así por siempre.

30.6.09

Cuando quiero recordarte...


... pienso en Lorenzo.

No sé si es que estoy tan loca como Lucía, pero él se me parece a tí.




Estar on-line a esta hora también me hace acordarme





Sé que estás por ahí

23.6.09

\Desde la emergencia

La semana pasada empezó mal, y terminó peor.
Corriendo (como siempre) para no llegar tarde a una reunión, decidí que mi mejor opción de transporte era una moto taxi. El resultado fue que llegué a tiempo a la puta reunión pero al bajarme del bípedo automor me quemé media pierna derecha.
Ahora (4 días más tarde) espero en la emergencia de una clínica para que algún doctor se apiade de mi dolor y me cure la herida infectaday bueno. Eso. Quise escribirlo desde aquí para matar el tiempo y apaciguar el dolor.
Luego les contaréla verdadera historia triste de esta semana. Aún no estoy lista para hablar de eso y ni siquiera estoy segura de que deba hacerlo por aqui.

Comenten pues, porque esta espera se pinta larga y aburrida.

2.6.09

Primeras veces


La primera vez que me rompieron el corazón tenía 14 años. Lo recuerdo - además de porque fue traumático- porque fue en la celebración de 15 años de una compañera de clases, y yo siempre tuve un año menos que mis compañeros de clases.
Mentira. El que me rompió el corazón también era mi compañero y soy 4 meses mayor que él, creo que era el único.

Siempre he dicho que mi adolescencia se pareció mucho a un capítulo de Dawson's Creek, me parece que a partir de esta historia es que se origina esa afirmación Eso sí, no estoy de acuerdo con el amigo de Pebbles que asegura que todos los problemas de las mujeres de mi generación parten del hecho de haber visto esta serie. Yo creo que aunque no la hubiéramos visto, igual estaríamos todas locas. Somos todas potenciales Joeys. O lo que es peor, potenciales Jens.

La fiesta en cuestión se desarrollaba en la casa de la cumpleañera, que era grande y tenía un patio ideal para esos bochinches llenos de hormonas. Acababan de terminarme por primera vez en la vida, y -como siempre - yo no lo tomé muy bien que digamos. Decidí quitarle el habla al muchacho en cuestión, y si recuerdo bien esa era la primera vez que coincidíamos socialmente luego de la horrible conversa en la que me mandó al carajo.

Parte de su argumento era que debíamos terminar porque nos íbamos de vacaciones escolares. Él se iba a Buenos Aires y le parecía que lo más lógico era terminar porque no nos veríamos en un mes o más. A mi me pareció que lo más lógico era nombrarle al coñísimo de su madre, su abuela, sus hermanas y sus tías. Y como era de esperarse, todo terminó muy mal. Es parádojico que justo esa ciudad de la que estoy enamorada haya sido la culpable de mi primera ruptura. Paradojas pendejas de la vida.

Estábamos en la fiesta y yo hacía gala de mis peores modales, ignorándolo o prestándole atención sólo para ridiculizarlo o intentar herirlo. Con mucha pena debo reconocer que cuando quiero ser hiriente tengo bastantes habilidades. No me enorgullezco de ello, pero me ha servido en la vida para canalizar la ira y el dolor. Es como si fuera una esponja que absorbe y atesora las informaciones que la gente me va soltando de a gotas. Puede que guarde esa información para siempre. Pero en medio de un gran dolor o una arrechera tremenda, puedo usar esa información como una bala certera. Escupo las palabras con toda la saña que pueda encontrar en mi lado oscuro, y hago daño. Lo cierto es que casi siempre me arrepiento. Nótese el "casi".

El muchacho en cuestión había sido novio de una amiga en común antes de mi, y yo, la verdad, no tenía ningún problema con ella. Como en la mejor escena de la famosa serie adolescente, en un momento de la fiesta abrí una puerta. Detrás de ella se econtraba mi ex, de espaldas a mi, conversando con otro amigo sobre cualquier cosa.

Ninguno de los dos me vio, y yo - usando lo aprendido viendo Sony- me las ingenié para quedarme oyendo con la puerta entreabierta sin que ninguno de los dos lo notara.

¿Qué oí? La frase más dolorosa que puede oir una catorceañera orgullosa, resentida y despechada. Mi ex decía que él nunca dejó de querer a su ex. Que por eso lo nuestro no había funcionado. Él sólo la quería a ella, y yo -aparentemente - había sido lo que los gringos llaman el rebound.

Salí corriendo de ahí, pero el interlocutor de mi amigo me vio. Corrió detrás de mi y como también era mi amigo, soportó el resto de la noche mi llanto desconsolado y mi mejor repertorio de insultos dirigidos al culpable de mi dolor. Creo que - hasta hoy- mi ex nunca se enteró de lo que vi y oí.

A partir de allí, mi rabia no tuvo ningún límite. Pasé los siguientes dos años maltratando al traidor. Humillándolo siempre que podía. Sin entender que cada sarcasmo de mi parte sólo demostraba lo mucho que aún me importaba.

Creo que si no hubiera presenciado la detallada escena, lo hubiera perdonado a los días y nuestra historia hubiera sido diferente. Pero - como dicen las doñas- las cosas pasan por algo. Yo sólo pude superar mi arrechera un par de años más tarde, y comenzamos de nuevo. Pasito a pasito como los bebés.

Quiero aprovecharme de este recuerdo para pedirle perdón. Por las cosas tan terribles que le dije y le hice. Sabiendo que lo que a uno le parece terrible a los 15 años, puede ser risible luego. Me gustaría que entendiera que tanto ensañamiento sólo se justifica porque lo quería burda. Porque significó un montón de cosas importantes en ese momento de mi vida. Y el odio verdadero sólo nace de un amor igual o más intenso que lo origina.

Lo bueno de toda esta anécdota es que hoy puedo contar al sujeto de mis injurias como mi amigo más antiguo. Y una de las personas que más quiero. Creo recordar que el cumpleaños de la muchacha ésta es en julio, así que si saqué las cuentas bien, están por cumplirse nueve años del triste suceso.

Sólo me queda el dolorcito tierno del primer despecho, inocente. Y la sonrisa vaga que se me dibuja en la cara cada vez que veo ese capítulo de Los Simpsons en que Lisa le grita al hijo del policía en el programa de Krusty, y se puede ver en cámara lenta cómo se le rompe el corazón al gordito.

Así me sentí. Como el gordito.

Nunca lo había pensado, pero tengo un montón de cosas en común con Rafa Gorgory.

26.5.09

Nunca me había emocionado tanto un e-mail

Obvio! me lo mandé yo misma hace año y medio! ;)



Para mí‏
De: FutureMe.org (mailer@futureme.org)
Enviado: viernes, 22 de mayo de 2009 02:05:13 p.m.
Para: xxxx@hotmail.com
The following is an e-mail from the past, composed on Monday,
September 10, 2007, and sent via FutureMe.org
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

Dear FutureMe,
esto es una distracción para el montón de trabajo que tengo
confirmando participantes para un evento de Pfizer (Jornadas
de Salud)

Solo se me ocurre preguntarme: todavía sin novio? últimamente
solo te ladillan la paciencia mamarrachos y afines,
lo de X está relativamente reciente (par de meses atrás) y
por lo visto no hay más opciones en el panorama.
Aún son amigos? hace cuanto que no se ven?

Seguro Desi es mi mejor amiga todavía, tenemos toda lapinta
de ser hermanas forever y la tesis? capaz ya es un recuerdo
gracioso. Toda una lincenciada ya, capaz en post grado.

Sigues en Dialogística? si es así, es el trabajo más largo que
has tenido.

Espero con todas mis fuerzas que ya haya alguien especialísimo
en mi vida para este entonces.

Al día de hoy gano 1millon 400 mil bolos..
espero que eso me de risa tmb

So es tó... veremos que pasa de aqui a alla

PD: ya fuiste a Bnos Aires verdad?????? (por favor que sea Sí)


- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
check out the FutureMe book - available now!
http://www.amazon.com/futureme/



Para los que se lo están preguntando:
.- Hace bastante tiempo que no veo a X. NO me importa lo suficiente
cómo para saber exactamente cuánto.
Y no, afortunadamente ya no somos amigos
.- Sigo sin novio (pero no me atormenta)
.- Aún no hago el post-grado
.- Desi es aún mi hermana del alma
.- Sigo en el mismo trabajo
.- El salario mejoró, pero no es que que bruuuuuto como mejoró
.- ¿ven que cuando desea algo con suficiente fuerza se cumple?
Porque sí (como saben) ya fui a Baires

:)

22.12.08

Ayúdame, Freud


La primera vez que los labios de un niño tocaron los míos, aunque fuera durante un segundo y medio, ocurrió en algún momento entre octubre de 1996 y julio de 1997.

No recuerdo su nombre, pero sí su cara, y sólo sé que cursó el sexto grado conmigo y que su atrevimiento le causó dolor.

El colegio donde estudié desde cuarto grado de primaria hasta el quinto año de bachillerato era grande y estaba divido en dos áreas, en un ala estaban los salones de secundaria, una cancha de fútbol y un patio/canchadeusosmultiples/auditorio; en la otra estaban los salones de primaria alrededor de un gran patio central con muchos árboles.

Un mediodía cualquiera, yo esperaba en ese patio central con otras compañeras (no estoy segura pero debieron ser Astrid y Yesenia) y ya no quedaba casi nadie esperando, es raro porque mi papá solía buscarme temprano.

Tres pasillos comunicaban mi patio con el de 'los grandes' y yo me encontraba lejos de todos ellos. Sé que estaba parada, creo que conversaba con alguien, y de pronto este niño salió corriendo hacia mi y estampó su cara contra la mia. Me tomó por sorpresa, y tardé algunos instantes en reaccionar.

Él no se quedó a esperar mi reacción, luego de su intento de beso salió corriendo lo más rápido que le dieron las piernas, y yo decidí salir corriendo atrás de él pero sin tener mucha idea de lo que iba a hacer.

Recuerdo verlo de espaldas con la camisa blanca por fuera y pisando las botas del pantalón. Tomó la ruta hacia uno de esos pasillos que comunicaban los dos patios seguramente porque sabía que yo no iba a llegar muy lejos, teníamos prohibido ir al patio de secundaria en esa época.

Se metió por el pasillo y atravesó tropezando el pequeño parque que estaba antes de los salones de bachillerato, era uno de esos parquecitos con rueda, columpios y subi-bajas. Se me olvidaba decir que del otro lado también estaba el área del kinder.

Cuando senti bajo mis pies las pequeñas piedras del suelo del parque me detuve, yo era ñoña y no me atreví a correr más. Pero seguía viéndolo correr en línea recta frente a mi y decidí que no estaba tan lejos. Me agaché a recoger una de las piedras y se la lancé con todas las fuerzas que me permitían mis bracitos de niña, le pegué justo en el medio de la espalda y se encorvó de dolor. Esa debe ser la única vez en mi vida que he podido atinarle a algo porque mi puntería es pésima.

No me quedé a ver qué hacía, vi que le pegué y di media vuelta para volver a mi patio. Tenía una taquicardia absurda y estaba sudada y avergonzada. Ese niño me había besado delante de mis amigas. Cerdo.

Mi memoria selectiva ha borrado todo lo demás, no sé si me dijeron algo, ni siquiera sé si el niño me habló luego de eso. Pero probablemente le apliqué la ley del hielo porque siempre se me ha dado bien eso de evadir lo incómodo y hacer como que no existen las personas (hombres) que me incomodan o me hicieron mal.

Este recuerdo vino a mi de pronto, me parece que sólo he contado esa historia una vez antes de hoy. Sigo dándole vueltas tratando de recordar el nombre del niño, pero sólo estudió conmigo un año y nunca más volví a verlo. ¿Era Alberto?... no estoy segura.

Mientras más lo pienso más me parece que un psicólogo debería escucharme y darme un diagnóstico. Quizás de ese primer 'beso' se derivan todos mis problemas con el sexo opuesto.

¿O es que todos ustedes le cayeron a pedradas al primero que los besó?

14.8.08

¿Qué se hace con el insomnio?

.- Para los que siempre piden posts largos


Está demostrado empíricamente – por mi- que las noches de insomnio que prosiguen a las noches de trasnocho alcoholizado siempre terminan, o quizás comienzan, con una inevitable introspección. A veces es depresiva, a veces de autodescubrimiento, y otras tantas es sólo introspección vacía, hacia la nada que nos habita cuando tenemos mucho tiempo libre para pensar sobre lo que fuimos, lo que somos y, como si fuera poco, si alguna vez seremos.

También está demostrado –una vez más, por mi- que aunque nos autoproclamemos feministas, o de avanzada, mentes libres, o cualquier otro término que defina nuestra posición de mujeres del siglo XXI; casi la totalidad del tiempo de los cromosomas XX se gasta pensando en hombres. O tal vez sólo soy yo, con mis 22 años, que a veces parecen 6 y otras veces parecen 50.

Desde los 16, he oído a la gente decir que parezco mayor. Físicamente, y para mi terror, también mentalmente. Algunos lo llaman madurez, otros lo han llamado amargura. Yo quisiera llamarlo aceleración.

A esa edad comienza mi vida, por muchas razones. Porque empecé de cero con todo. Porque empecé algo finalmente. Y porque me enamoré por primera vez. Hay alguien que pudiera sentirse aludido –y engañado- con esta afirmación. Porque me he pasado los últimos 10 años diciendo que él fue mi primer amor. Aún lo mantengo. Pero la clase de amor que él representa no es a la que me refiero hoy.

Él representa la inocencia y al mismo tiempo el final de ella. Ya no recuerdo lo que me hacía sentir a los 12 años. Pero debió ser algo bueno, cuando aún hoy después de rupturas, distancias, reencuentros y desencuentros, puedo llamarlo mi amigo. El más antiguo de ellos. Nunca dejaré de estar enamorada de él. Porque fue el primero en romperme el corazón, el primero en repararlo, y se quedó con una parte de él para siempre. Pero ni siquiera en eso puedo darle algún tipo de exclusividad. Me ha pasado lo mismo casi todas las siguientes veces.

Para eso sirve la introspección. Justo ahora identifico un patrón. Yo nunca me desenamoro. Es tu culpa. Por ser el primero, y por hacerme quererte para siempre. Aunque nos separe mucha agua y mucha tierra de ahora en adelante. Gracias. Fuiste el primero, nadie te quita eso.

El segundo no debería existir. Como no debería existir el cáncer, ni el folclore peruano. Pero por mucho tiempo, fue para mí el único que existía. Él fue también –de alguna extraña manera- el cuarto y el quinto. Lo único que explica su triple numeración es el masoquismo, o las ganas de probar un punto en el que no debí empeñarme. Mi inexperiencia y mi absurda manía de querer a la gente para siempre, después que las quise una vez, también podrían servir como explicación.

Cuando fue el segundo, fue hermoso. Porque no fue nada. Fui yo, y mis miles de horas acumuladas viendo Dawson’s Creek. Fueron mosquitos aplastados en un salón de clases. Horas al teléfono. Ideales –de mentira- compartidos. Tomados de la mano, ego por su parte y falta del mismo por la mía. Hasta una tarde-noche de muchas cervezas, gritos, llanto, y su expresión genuina de cariño y preocupación.

Esa misma noche llegó el tercero, con el primer cigarrillo de mi vida, y un despecho enorme cargado sobre sus hombros. Otra revelación de la introspección: tal vez fue el despecho lo que nos unió.

Sin saberlo, ese día empezamos lo único que hasta ahora puedo llamar amor. Teníamos suficientes cosas en común para querernos, y suficientes opiniones encontradas cómo para hacerlo interesante. Él me enseñó a ser grande. Me mostró un montón de cosas que hasta entonces no había visto. Me hizo saber que no todo estaba perdido, cuando lo creí así. Y me dio lo único que necesitaba en su momento: protección. Lo amé. De verdad. Y él a mí. De eso no me cabe la menor duda.

Pero - ¡oh sorpresa!- se acabó. Antes de lo que yo hubiera querido. Y hasta el día de hoy no me queda claro el porqué. Mi teoría principal es que lo aburrí. ¿Qué se hace? Llorar un par de meses, aprender a vivir sola otra vez. Y para mi desgracia, descubrir que el segundo seguía ahí, y ahora era el cuarto. Como un poltergeist, burlón, y a la espera de otra oportunidad para hacerme daño. Aunque, llámenme ingenua si quieren, sigo creyendo que nunca se enteró.

El quinto, que sigue siendo el segundo, fue como dirían en la tierra de tres de mis abuelos: un hijodeputa. Infeliz oportunista. Que se aprovechó de mi recién adquirida libertad de pensamiento. Que usó la única parte linda de nuestro pasado –porque la hubo- para hacerme creer que ya no había peligro. No me quiero martirizar tampoco, estoy consiente que somos dueños de nuestras decisiones. Pero en mi defensa quiero decir que nunca creí posible tamaña trasformación en un ser humano.

Él usó el tiempo que yo gasté en volverme una mujer, en volverse un patán que nada tenía que ver con el muchacho que se hizo mi mejor amigo en esa época feliz de zapatos de goma y tardes de ocio. Terminó de gastar los pocos cartuchos que le quedaban a nuestra mal llamada amistad y luego cometió el único error que no perdono: la deslealtad. En proporciones exacerbadas. Sin contar la indiferencia. Sin contar que es el único que me ha hecho sentir que se me escapa la dignidad de las manos. Me llevó al punto del desprecio. Creo que es la única persona a la que he odiado en mi vida ¿Sin enterarse? Pues no, hasta ahí no llega mi ingenuidad.

El sexto – que en realidad es el tercero y el último- ni siquiera sabe que lo es. Yo a veces no estoy segura de que lo sea. Pero me gusta creer que sí. En parte porque sería ideal, y en parte porque quiero hacer mi historia más larga. Sigue sin demostrar mayores fallas, y eso es lo que me jode la vida. Yo sé que debe tener miles, pero no me permite conocerlas así que mi ignorancia le ayuda. Quisiera hablar más de él. Pero el miedo no me deja. Soy tan exasperantemente básica en su presencia, pobrecito, no tiene la culpa.

¿Sólo ha habido cuatro hombres en esta historia que me inventé? La respuesta corta es sí.

La respuesta larga es que todos los demás –unos seis según la cuenta más reciente, calculada en una noche divertidísima- son extras. Algunos con diálogos, y un par de escenas muy de cine independiente. Otros tan fugaces como el chico que entrega las pizzas y dice: “Son 35 con 50”

Hay apariciones especiales del chico popular de la secundaria, el romántico empedernido, el borroso sin nombre, y hasta invitados internacionales.

Ya no espero al quinto… ¿séptimo?... ¿undécimo?... no sé, hasta yo me perdí.

Pero sigo tropezándome con esa malnacida cita estos últimos días. Debo haberla leído al menos unas tres veces esta semana:

¿Cuándo dejamos de amar? Cuando nos enamoramos de nuevo.