Aquí estamos de nuevo, aunque juré nunca volver. Olvido convenientemente que puedo ser esta, pero sigue recordándolo la peor parte de mi.
Yo soy yo, como dijo Descartes o alguno de esos tipejos que estudiamos en la escuela. Pero yo también soy otras, y no vengan a decirme que eso ya lo dijo otro porque lo sé, pero no me importa.
Soy la roca, el trapo, la copa y la cobija. Todo eso y unas cuantas cosas más que no puedo explicar con palabras sin parecer un remedo triste de Cortázar o un tarjeta Hallmark que nunca se vendió.
Esta mal que esté escribiendo justo ahora, contravengo la primera orden que me dio la única persona que hasta ahora me ha dado clases para escribir.
Se supone que la musa no debe dominarnos, menos cuando es invocada por la tristeza o el despecho, u otro de esos sentimientos tan rebuscados que nos encantan a los pichones de escritor.
Se supone que escribir es un oficio, que tiene un método, que obedece a la disciplina y a una acción consiente. No a estos arrebatos angustiosos a los que respondo siempre, ahogada en rabia o en lágrimas, que casi siempre son lo mismo.
Pero aquí queda la constancia de que cedí otra vez al impulso adolescente de escribir como catarsis, y no como oficio. Revolcándome en la certeza de que es esta inmadurez la que me tiene atada a una silla de 8 a 5, a un teléfono que no pago yo, vendiéndome al mejor postor, jurando que eso me hace mejor que los demás.
Cada letra duele cuándo sabes que no vale, y cada párrafo es una pérdida de tiempo cuando asumes que encontrarás lo que buscas: condescendencia y simpatía. ¿Acaso no comulgamos todos en el dolor?
Hasta el ritual se hace cliché. Dejar a mano los cigarros y un encendedor que ya casi no responde, como mi sentido común. Poner a una inglesa a cantar a través de los parlantes, a decirme lo que ya sé. Que él sería una buena presa, si se dejara cazar.
Aunque él no exista, otra vez. Aunque insista en cubrirme de sombras hasta que me de frío, y luego vaya a calentarme con el sol que irradian los que deciden vivir mejor que yo.
Por estos días soy una caja vacía. Que sirve para mudar de un lado a otro los disfraces que he podido comprar.
Soy también un libro rayado, sobre el que vuelven los dedos cansados de manosear siempre las mismas historias. Incrédulos de que la misma cita pueda servir para mostrar lo que éramos la última vez que pasaron por allí.
No hay manera de reinventarse sin destruirse. Y no hay destrucción sin coraje.
El coraje que le falta a la roca para arrojarse sobre el ventanal. El coraje que no tiene el trapo para negarse a limpiar las mismas manchas una y otra vez. Ni la copa para reventarse contra el suelo, aún llena de vino. Pero sobre todo, el coraje que no tiene la cobija para cubrir a ese cuerpo que se niega y sigue tirándola al suelo todas las madrugadas.
Yo soy yo, como dijo Descartes o alguno de esos tipejos que estudiamos en la escuela. Pero yo también soy otras, y no vengan a decirme que eso ya lo dijo otro porque lo sé, pero no me importa.
Soy la roca, el trapo, la copa y la cobija. Todo eso y unas cuantas cosas más que no puedo explicar con palabras sin parecer un remedo triste de Cortázar o un tarjeta Hallmark que nunca se vendió.
Esta mal que esté escribiendo justo ahora, contravengo la primera orden que me dio la única persona que hasta ahora me ha dado clases para escribir.
Se supone que la musa no debe dominarnos, menos cuando es invocada por la tristeza o el despecho, u otro de esos sentimientos tan rebuscados que nos encantan a los pichones de escritor.
Se supone que escribir es un oficio, que tiene un método, que obedece a la disciplina y a una acción consiente. No a estos arrebatos angustiosos a los que respondo siempre, ahogada en rabia o en lágrimas, que casi siempre son lo mismo.
Pero aquí queda la constancia de que cedí otra vez al impulso adolescente de escribir como catarsis, y no como oficio. Revolcándome en la certeza de que es esta inmadurez la que me tiene atada a una silla de 8 a 5, a un teléfono que no pago yo, vendiéndome al mejor postor, jurando que eso me hace mejor que los demás.
Cada letra duele cuándo sabes que no vale, y cada párrafo es una pérdida de tiempo cuando asumes que encontrarás lo que buscas: condescendencia y simpatía. ¿Acaso no comulgamos todos en el dolor?
Hasta el ritual se hace cliché. Dejar a mano los cigarros y un encendedor que ya casi no responde, como mi sentido común. Poner a una inglesa a cantar a través de los parlantes, a decirme lo que ya sé. Que él sería una buena presa, si se dejara cazar.
Aunque él no exista, otra vez. Aunque insista en cubrirme de sombras hasta que me de frío, y luego vaya a calentarme con el sol que irradian los que deciden vivir mejor que yo.
Por estos días soy una caja vacía. Que sirve para mudar de un lado a otro los disfraces que he podido comprar.
Soy también un libro rayado, sobre el que vuelven los dedos cansados de manosear siempre las mismas historias. Incrédulos de que la misma cita pueda servir para mostrar lo que éramos la última vez que pasaron por allí.
No hay manera de reinventarse sin destruirse. Y no hay destrucción sin coraje.
El coraje que le falta a la roca para arrojarse sobre el ventanal. El coraje que no tiene el trapo para negarse a limpiar las mismas manchas una y otra vez. Ni la copa para reventarse contra el suelo, aún llena de vino. Pero sobre todo, el coraje que no tiene la cobija para cubrir a ese cuerpo que se niega y sigue tirándola al suelo todas las madrugadas.


