25.3.10

Sobre los encuentros transitorios


Hoy estuve recordando que hace mucho tiempo que no voy a un hotel.
Un hotel de los que sabemos, no se me hagan los locos.
La cosa es que llega un momento de la vida en el que si no es en su casa es en la mía, porque ya estamos grandes y todo eso. Pero debo admitir que extraño un poco ese proceso en el que decidimos que vamos a ir a un sitio exclusivamente a tener sexo, premeditado y con alevosía.
Al principio, hace ya algún tiempo de eso, me costaba mucho manejar con naturalidad el trayecto y la llegada a un lugar al que todo el mundo sabe a qué vas.
Seguro que para el hombre también representa un reto decidir el momento en el que va a proponer concretamente que te traslades con él a un sitio exclusivamente para a intercambiar fluidos corporales, o "hacer el amor" según sea el caso. Mientras que para la mujer es mucho más sencillo, porque como dice mi madre "el hombre propone y usted dispone", así que sólo queda negarse con diplomacia, lanzarle el trago encima por atrevido, o sonreír con picardía para dar el ansiado "sí quiero (tirar)".
Esas primeras veces se hace eterno el camino que lleva al hotel. Uno no sabe si tiene que asumir el tema con ligereza y preguntar si antes hay que pasar por el farmatodo, como quien comenta que hace calor. O si es mejor hacerse el loco y hablar de la calima mientras se cambia la emisora radial, hasta que hayas cruzado la puerta de la habitación y empieces a arrancar ropas de vestir y desordenar ropas de cama.
Con el paso del tiempo - que tampoco ha sido tanto, no me tomen por precoz- se aprende a equilibrar la conversación, a dominar el arte del coqueteo on-the-road y a pasar una manito por la pierna descuidadamente como para avisar con ese abreboca que lo viene va a estar bueno.
También cuesta acostumbrarse a la dinámica del sitio. Todos ustedes, o casi todos al menos, saben de lo que estoy hablando.
Si es uno de esos lugares en los que pagas en el auto-fuck que está a la entrada sin bajarte del carro, te tienes que calar la cara de fastidio del pobre pana que tiene toda la noche allí viendo desfilar a una cuerda de tirones que van a pasarla del carajo mientras él se cala el frío de la madrugada. O peor, los hay de esos jodedorcitos que te miran de reojo como para ver que es lo que se está comiendo el pana, y lanzan una sonrisita "picarona" cargada de juicio.
Si hay que bajarse del carro y pasar por recepción es peor. Ahí le da chance a la mujercita que atiende el sitio de mirarte de arriba abajo para ver por qué es que alguien ha decidido alquilar un cuarto por 6 horas sólo para verte desnuda.
Una vez salvado el trámite de pago, viene el larguísimo momento que se extiende hasta el primer beso de la jornada. Porque luego de ese primer beso ya no se piensa. Por eso siempre he creído que es mejor que te estés muriendo de ganas, que no puedas esperar a subir en el ascensor o a bajarte del carro para empezar la faena. Mientras más rápido terminen las oportunidades para hablar menos chance hay para que digas algo incómodo o incoherente como "ay! esta cama es más bonita que la del hotel de al lado" (vale acotar que el hotel de al lado no se visitó con el mismo acompañante de éste).
Una sola vez me llevaron a un lugar que aunque se veía muy bien por fuera, estaba decorado en el interior con cuadros de mujeres desnudas que chapoteaban en lagos con delfines. Afortunadamente el acompañante era mi novio formal y querido, así que me quejé con firmeza y nos fuimos del sitio desaprovechando el tiempo ya pagado.
En otra ocasión nos quedamos dormidos pasado el tiempo reglamentario, que suele ser más que suficiente siempre que no estés bajo los efectos de una noche de rumba y caigas desmayado. Y faltó poco para que llegaran los bomberos a destruir la puerta con un hacha.
Maté la curiosidad caraqueña por conocer el Aladín y debo decir que es una de las camas más cómodas en las que he dormido en toda mi vida. Y así como me llevaron al antro de los delfines, también puedo contar que hay quien ha decidido pasar la noche conmigo en un hotel 5 estrellas.
En fin, antes de que me volviera gente grande que tira en su casa o en la del otro, tuve algo de chance para ver y conocer. Obviamente hay muchas historias. Pero me parece que una dama debe guardar algunas cosas para mantener el encanto del misterio.

Eso sí, y en esto soy irreductible: yo nunca, pero nunca, he pagado el hotel.
Primero muerta que sencilla.

21.2.10

A mi (rubia) monstra comegalletas

Quiero que sepas que estoy aquí. Siempre. Tan incondicional como aquella pavosa canción de Luis Miguel.
Quiero que sepas que cuando hago cuentas creo que me he reído contigo más que con cualquiera en los últimos años. Contigo comparto las carcajadas inocentes que aún me quedan, las risotadas infantiles que refrescan el alma y el espíritu, si no es que son lo mismo.
Quiero que sepas que nuestras diferencias me alimentan, como pocas cosas en esta vida. Que nos complementamos, más que Tom Cruise y Renée Zellweger en aquella -también pavosa- película romántica.
Quiero que sepas que cuando cantas, sobre un escenario o en el baño, entiendo lo que es el orgullo materno, ese ufanarse de algo que no es de uno pero como si lo fuera.
Y cuando pataleas insoportablemente con alguno de tus caprichos - como una niña chiquita que pide una galleta- entiendo la paciencia materna, que permite controlar el impulso de asesinar a una pequeña criatura sólo porque es tierna y adorable. Tú sabes que yo soy muy maternal.
Quiero que sepas que te adoro. Que ya no me imagino una historia en la que tú no estés. Así sea a un océano de distancia.
Quiero que sepas que estoy aquí. Para ti. Siempre

10.2.10

De la inutilidad de los prefacios

Yo quiero escribir un libro y luego hacerme la muerta un par de años, sólo para esperar las ediciones de la obra y leer los prólogos de un montón de expertos que nunca me conocieron y que “comentan”, “critican” y “analizan” lo que he escrito.
Luego saldría a burlarme en sus caras a decirles que no, que el personaje de la chica no es “una clara representación de mi relación con mi madre”. Y que aquella metáfora en la que comparo las salchichas con la física cuántica no esconde un “código oculto que espera a la interpretación de mis fetiches y obsesiones”.
La mayoría de los autores debería revelarse y decir NO, PANA, no le busques cuatro patas al gato. Cuando escribí perro quise decir perro. No estaba generando una iconografía referente a los valores de la sociedad de la época. Simplemente pensé en un perro y lo escribí “María tenía un perro”. Punto y final.
Es más, ¿quién inició la costumbre de iniciar una obra con los "comentarios" de otro que no sea el autor? NADIE quiere leer eso. Al menos, nadie que yo conozca.
Por eso nunca leo los prólogos

9.2.10

Prisionera

El nuevo video de Telegrama es como una cachetada de la realidad.

A todos ustedes, ingenuos soñadores, que aún están allá afuera sin caer en las garras del sistema que nos mantiene subyugados por guevones. Conviertan este tema en su himno*:



*en vez de montar un blog para quejarse eternamente y seguir cobrando el 15 y último calladitos la boca, como esta servidora

2.2.10

Loop

Aquí estamos de nuevo, aunque juré nunca volver. Olvido convenientemente que puedo ser esta, pero sigue recordándolo la peor parte de mi.
Yo soy yo, como dijo Descartes o alguno de esos tipejos que estudiamos en la escuela. Pero yo también soy otras, y no vengan a decirme que eso ya lo dijo otro porque lo sé, pero no me importa.
Soy la roca, el trapo, la copa y la cobija. Todo eso y unas cuantas cosas más que no puedo explicar con palabras sin parecer un remedo triste de Cortázar o un tarjeta Hallmark que nunca se vendió.
Esta mal que esté escribiendo justo ahora, contravengo la primera orden que me dio la única persona que hasta ahora me ha dado clases para escribir.
Se supone que la musa no debe dominarnos, menos cuando es invocada por la tristeza o el despecho, u otro de esos sentimientos tan rebuscados que nos encantan a los pichones de escritor.
Se supone que escribir es un oficio, que tiene un método, que obedece a la disciplina y a una acción consiente. No a estos arrebatos angustiosos a los que respondo siempre, ahogada en rabia o en lágrimas, que casi siempre son lo mismo.
Pero aquí queda la constancia de que cedí otra vez al impulso adolescente de escribir como catarsis, y no como oficio. Revolcándome en la certeza de que es esta inmadurez la que me tiene atada a una silla de 8 a 5, a un teléfono que no pago yo, vendiéndome al mejor postor, jurando que eso me hace mejor que los demás.
Cada letra duele cuándo sabes que no vale, y cada párrafo es una pérdida de tiempo cuando asumes que encontrarás lo que buscas: condescendencia y simpatía. ¿Acaso no comulgamos todos en el dolor?
Hasta el ritual se hace cliché. Dejar a mano los cigarros y un encendedor que ya casi no responde, como mi sentido común. Poner a una inglesa a cantar a través de los parlantes, a decirme lo que ya sé. Que él sería una buena presa, si se dejara cazar.
Aunque él no exista, otra vez. Aunque insista en cubrirme de sombras hasta que me de frío, y luego vaya a calentarme con el sol que irradian los que deciden vivir mejor que yo.
Por estos días soy una caja vacía. Que sirve para mudar de un lado a otro los disfraces que he podido comprar.
Soy también un libro rayado, sobre el que vuelven los dedos cansados de manosear siempre las mismas historias. Incrédulos de que la misma cita pueda servir para mostrar lo que éramos la última vez que pasaron por allí.
No hay manera de reinventarse sin destruirse. Y no hay destrucción sin coraje.
El coraje que le falta a la roca para arrojarse sobre el ventanal. El coraje que no tiene el trapo para negarse a limpiar las mismas manchas una y otra vez. Ni la copa para reventarse contra el suelo, aún llena de vino. Pero sobre todo, el coraje que no tiene la cobija para cubrir a ese cuerpo que se niega y sigue tirándola al suelo todas las madrugadas.

22.1.10

Señoras y señores:


Este blog tiene 2 años (y su autora tiene 24 y una semana)

Podría decir un trillón de cosas maravillosas, pero sólo voy a decir gracias.
Ninguno de ustedes tiene una idea del favor que me hacen pasando a leer mis babosadas, comentando y haciéndome sentir acompañada.


Gracias mil.

8.1.10

Overrated


Todos los seres de este sobrepoblado hueco del espacio hemos pedido a gritos - alguna vez - honestidad.

"Dime la verdad", "se sincero", "no me engañes".

Producto de las convenciones y lo bien visto hemos aceptado la sinceridad y la verdad como virtudes y valores, rasgos dignos y pruebas de nuestra moral.

Como todo, es culpa de Disney. Nadie puede superar la atrocidad de ver a un pobre niño de madera sufrir durante hora y media viendo como crecía su nariz. Enfrentando ladrones, ballenas asesinas y demás obstáculos, sólo por ser mentiroso.

Yo misma reconozco haber resaltado por años mi capacidad para ser frontal, directa y sincera con todo lo que me rodea. Ingenua hija del sistema.

Hoy he venido a decirles que no, que ya no lo soporto más. Quiero que me mientan.

No puedo seguir escuchando verdades y aceptándolas con entereza. No quiero volver a pasar por el trago amargo de decirle a un ser querido que ese peinado le queda mal, que esa chaqueta le hace ver gordo, o que dejó de ser querido -por mi-.

Miéntanme. Especialmente ustedes, hombres del mundo, miéntanme.

Digan que deben ir a cumplir una mision secreta con Interpol. Que su abuela está enferma. Que el carro no prendió. Que se van a Timbuctú a pagar una promesa al Santo niño de Atoche.

Basta de mentiras fáciles como "no eres tú, soy yo" o "todo va a estar bien". Basta de verdades que también son mentiras como "no estoy listo para el compromiso" o "te mereces a alguien mejor".

Yo sé que me merezco a alguien mejor, pero mi soberana estupidez me llevó de alguna manera a querer estar contigo, entonces al menos ten la decencia de mentirme. Pero como debe ser.

Quiero que me mientan y quiero creerles. Así que hagamos todos un esfuerzo.

Nadie se atreve a decirlo, pero la verdad está sobrevaluada.

Ocultémosla hasta que no duela más.