3.7.11

Esto no es la continuidad de los parques


Esta ciudad me está enseñando un montón de cosas. Lo primero y quizá lo más importante es que esta ciudad me enseñó a caminar. Perderle el miedo a las decenas de cuadras es la primera señal de que te estás entendiendo con Buenos Aires.

Estando recién llegada un mesonero amable -es decir, un espécimen en vías de extinción- me explicó que no necesitaba tomar un colectivo para hacer las 20 cuadras que me separaban de mi casa. Eran las 2 de la mañana de un sábado y la zona estaba aún en pleno movimiento luego de un concierto masivo y gratuito, donde pudimos ver a Plácido Domingo cantar unas canciones muy graciosas y luego un par de tangos que le quedaron bien bonitos.

El mesonero no se daba abasto para atender un lugar atiborrado de gente pero aún así se tomó la molestia de explicarme que "por acá nomás, derecho siempre" llegaba a mi destino. "Son 20 cuadras apenas, me dijo, y además la noche está linda". Para mis parámetros tropicales ya estaba haciendo un poco de frío, y 20 cuadras era muchísimo. Pero desde este julio polar entiendo ahora que sí estaba linda la noche, y que no era tan lejos.

Verán, 20 cuadras en una ciudad con aceras y gente, no es nada. Y si en cada esquina hay un cartel que te indica nombre y ubicación, pues menos.

Así que eso fue lo primero que aprendí acá, que en las ciudades se camina, y además, se camina sin miedo.

En ese mismo orden de ideas, aprendí que hay unos dibujitos cuadriculados, con números y algunas manchas verdes, que se llaman mapas. Y que con esos mapas es posible llegar a un lugar aunque no hayamos ido nunca antes. Es muy fácil, más si los dibujitos los buscas en internet. Estás en un lugar X, que tiene un nombre y un número, y vas a un lugar Y, que tiene otro nombre y otro número. Simplemente los señalas en el dibujo y con un poco de sentido común te desplazas de un lugar a otro.

Ayuda mucho que además de tus pies, puedes usar unos autobuses que recorren toda la ciudad para movilizarte. Ya en Caracas había aprendido a usar los autobuses, pero acá es más fácil porque a alguien muy inteligente se le ocurrió ponerles unos números grandotes al frente, y luego en cada calle, bien señalizado con un poste alto y un cartel, están los mismos números que se ven al frente de los buses. Entonces si quieres montarte en el 39, buscas en el mapa dónde se para, caminas hasta allí y donde veas el poste con un 39 lo esperas. El resto sí es lo mismo, sacas la mano y te montas en el bus cuando pare.

Imagínense mi asombro, yo que llevaba 25 años moviéndome con indicaciones como "sabes donde está el quiosco verde? bueno ya no está, pero ahí te paras y cuando veas la camioneta del aviso amarillo la paras, pero pregunta porque a veces no tienen aviso, o a veces tienen aviso amarillo pero van para otro lado".

Podría decir entonces que esta ciudad me enseñó también un poco de civilización, pero tampoco es tan así porque créanme que esta gente a veces se pone incivilizada. Se amotinan y queman uno de esos buses con números enormes, en la mitad de la vía. Y cuando preguntas por qué te dicen cosas sobre el campo, o sobre equipos de fútbol que se van a un lugar llamado "la B" y que nadie sabe donde queda pero debe ser horrible porque todos lloran cuando los mandan para allá.

Una vez aprendido lo de caminar, esta ciudad te empieza a enseñar otras cosas. Te enseña a caminar viendo para arriba, porque hay unos edificios que tienen 200 años y que son una cosa hermosa para contemplar cuando les pega el sol de las 5 de la tarde. Aunque también aprendes a los golpes que deberías estar mirando al suelo, porque hay más perros que gente y la poca gente que hay no tiene ni idea de que cuando saca a sus perros a pasear, deben llevar bolsitas para recoger lo que ellos van dejando por la calle.

Finalmente, aprendes que estar solo no es tan terrible como nos habían dicho toda la vida en nuestras ciudades tropicales. Si te fijas por la calle, ves que en todos lados hay mucha gente sentada sola, tomándose un café (aunque nadie haya aprendido aún a hacer uno decente) o almorzando con la vista hacia el parque. Ah! porque se me olvidaba, esta ciudad también me enseñó que esas manchas verdes que se ven en los mapas son unos lugares preciosos llamados parques.

Están usualmente llenos de árboles, bancos y gente. Gente sola o acompañada. Leyendo un libro o tomando el sol. Porque se aprende a apreciar al sol, cuando nada más calienta durante 6 meses al año.

Pensar que yo siempre lo dí por sentado, al pobre. Pero no, se ve que no puede estar en todos lados a la vez, así que como en mi ciudad está de guardia todo el año, acá tiene que tomar turnos para que le alcance la luz y el calor.

A dos cuadras de mi casa está uno de esos parques, aunque en realidad es un jardín. Está lleno de plantas de todo tipo, y en la pata de cada una hay un cartel que dice como se llama, en cristiano y en latín, como para que entienda todo el mundo.

A ese parque voy de vez en cuando, sola, con algún libro o una de las 12mil guías que tengo que leer en la universidad. Llego, me siento en un banco donde pegue el sol (porque desde que llegué lo aprecio más) y cuando me desconcentro de la lectura, porque está aburrida o yo estoy dispersa, me quedo lela viendo hacia alguno de esos edificios que les digo, o viendo pasar los autobuses por la avenida del frente. Si empieza a hacer frío me voy a algún café, siempre caminando, y trato de leer un poco más o me pongo a pensar en cualquier cosa.

Hoy por ejemplo me puse a pensar que debería escribir en el blog sobre las cosas que hasta ahora me ha enseñado esta ciudad. Y así llegué a acá, a escribir esta tontería. Porque esta ciudad además de enseñarte cosas tiene la habilidad de ponerte a pensar, y yo cuando pienso, casi siempre, escribo.

21.6.11

Antonio, la historia que no debió continuar

La última vez que nos vimos, ustedes y yo, quiero decir, yo había cerrado la puerta de mi apartamento en Caracas dejando al pobre Antonio con su declaración de amor y sus ojos febriles del otro lado.

Lo bello de la indiferencia es que no molesta. Más allá de un supiro de dolor - y algo de lástima, porque soy un terrible ser humano - la confesión de Antonio no me generó nada más. Recordé por un instante las veces, porque fueron dos, que yo misma había hecho una confesión de amor sin ser correspondida y me sentí muy mal por él, pero ya. Ni modo, la vida es así.

Poco después de esa navidad me mudé, pero nada radical, me cambié del 4to al 1er piso del mismo edificio y eso sólo significó menos escaleras para subir el mercado y, afortunadamente, menos oportunidades para tropezarme con Antonio en los pasillos.

No estoy segura de haberlo visto de nuevo antes de esa tarde nefasta de nuestra primera y única cita. Pero sí recuerdo que mientras toda esta historia sucedía otra historia paralela tenía lugar conmigo como protagonista. En esa época estaba en otra de mis relaciones sin futuro, prácticamente inventadas por mi, en la que todo volvió a salir mal.

No dije la vez anterior que cuando Antonio me acompañó al metro, esa vez que me pidió el teléfono, mi verdadero destino no era la estación. Cuando el pobre flaco me preguntó a donde iba esa mañana, le dije que iba al metro para ahorrar conversa, en realidad iba a uno de los edificios aledaños a la estación más cercana a mi casa, que era donde trabajaba. Durante mis primeros cuatro años en Caracas viví, estudié y trabajé a distancias caminables. Eso en Caracas no es común, y casi nunca le agradezco al universo por eso.

Mi oficina quedaba entonces muy cerca del lugar donde yo vivía y Antonio trabajaba, así que una tarde desdichada salí de trabajar, y me senté con una amiga a tomar un café a media cuadra. El café se convirtió en tres cervezas y una conversación eterna en la que mi amiga y yo despotricamos contra el mundo y contra los respectivos hombres que nos hacían invivible la vida en ese instante. A las 6 ó 7 de la tarde, algo molestas con el mundo, pagamos la cuenta y salimos a la calle.

Antonio casi me lleva por delante, como en las películas, y cuando se volteó a disculparse se dio cuenta que era yo. En vez de salir corriendo, que era lo que cualquiera de los dos tendría que haber hecho, nos sonreímos. Hola como estás, bien y tú, trabajando como siempre, menos mal que es viernes, sí menos mal, no quieres ir al cine?, bueno dale.

Ni yo misma supe que estaba yendo al cine con Antonio, hasta 10 minutos después. Caminamos hasta el centro comercial más cercano, y en esa caminata tuve la conversación menos interesante de mi vida.

Ustedes tienen que saber que yo soy loca. Eso no es nuevo. Y también saben que me gusta dármelas de intensa. No tengo problemas para sentir atracción física por muy distintos tipos - tengo un amigo que lo llama paladar universal - pero mi gran problema es encontrar compatibilidad intelectual. Por eso es que seguro me voy a hacer vieja rodeada de gatos. Por snob y wannabe. Por querer dármelas de sabionda. Pero ese es otro tema.

La cuestión es que llevé la charla hacia los temas que me interesa saber de entrada. Qué lee. Qué oye. Qué mira este tipo. No puedo presentarle a mis amigos un tipo de esos que dice que "no es de leer", porque mis prejuicios absurdos no me dejarían vivir en paz.

El pobre Antonio lo intentó, pero confundió My chemical romance con The chemicals brothers. Me juró que Padre Rico, Padre Pobre le había cambiado la vida. Y con una estocada final, me confesó que de lo que había visto recientemente en el cine su gran favorita había sido Una noche en el museo. "Es muy cómica", me dijo el inocente.

Para cuando llegamos a las taquillas abarrotadas de gente ya yo estaba buscando un arma punzopenetrante para causarme algún tipo de daño que me obligara a ir a un hospital. Lamentablemente no la conseguí.

En vez de eso, tuve que soportar una hora de cola para comprar los tiquets, y cuando me dirigía a la sala, apurada porque no me gusta ver una película empezada - así sea una mala como la que íbamos a ver- prácticamente me obligó a hacer una segunda cola, para comprar bebidas y chucherías. Porque "como te voy a traer al cine sin comprarte un chocolatico?". Era un dulce.

25 minutos, dos litros de cocacola, medio kilo de cotufas y 350 grs de chocolate más tarde, entramos a una sala sobrevendida, con las luces ya apagadas y una obesa Danielita Alvarado en la pantalla. Porque sí, fuimos a ver Una abuela virgen. Laputaquemeparió.

No encontramos asientos juntos, así que Antonio decidió que lo mejor sería que yo me sentara en el asiento del extremo que estaba vació en la primera fila y él se sentaría en las escaleras.

Le rogué que no, que por favor se sentara en una silla, le dije que vendrían a decirle que no podía estar ahí. Pero se le rompía el corazón por no poder ver la película a mi lado. Por supuesto que cinco minutos más tarde se me rompía a mi la cara de vergüenza cuando llegó el empleado del cine a levantarlo del suelo iluminándonos con una linternita. El cine entero nos puteó hasta que una amable señora nos llamó desde el otro extremo para decirnos que ella se movería de lugar y nos dejaría dos asientos continuos libres.

Cuando creí que lo peor había pasado y pude sentarme a ver cómo Iván Tamayo hacía el ridículo en pantalla gigante, Antonio se las jugó todas. En un intento de romance trató de darme cotufas en la boca. Sí, con su mano, en mi boca. Estonomepuedeestarpasandoami.

Terminó el martirio, y la película que bien pudo haberse llamado así. Y salimos. Yo soñaba con la teletransportación pero no fue posible. Antonio insistió en que tomáramos algo y yo todavía me caigo a cahetadas a mi misma cuando me acuerdo que dije que sí.

Entramos a un Fridays o similar, y yo pedí la cerveza más fría del bar, para tomármela de un trago.

¿Se imaginan que sucedió? Obviamente, Antonio había interpretado nuestra salida como un éxito rotundo y me volvió a pedir que fuera su novia.

Lo que hice a continuación debe ser la causa del karma que pagaré en esta y las próximas siete vidas. En mi defensa debo decir que el pánico se apoderó de mi y mi paciencia ya no existía.

Me disculpé para ir al baño y salí del bar lo más rápido que me dieron las piernas. Antonio todavía debe estar ahí, porque por el edificio nunca más lo volví a ver.

6.6.11

Antonio, el momento más incómodo de mi vida

A Antonio lo conocí en el edificio dónde yo vivía y él trabajaba. Nos veíamos siempre en las escaleras, porque el edificio tenía sólo cuatro pisos y no había ascensor. En ese entonces yo vivía en el apartamento 4-A, y él trabajaba en la oficina que quedaba en el 3-A.

Cuando llegaba de trabajar los viernes, ya de noche, lo veía siempre reunido con los manganzones de la cuadra tomando cervezas en el portal del edificio. Se le notaba a leguas que él era el bobo que se junta con los malos para parecer malo también, y eso lo hacía parecer más bobo todavía. Siempre incómodo aparentando. No era feo, al menos. Y se notaba también que era deportista o iba a un gimnasio, pero ni eso lo ayudaba.

Cuando recuerdo esta historia siempre concluyo que a Antonio lo ayudó la constancia y la suerte. Porque a mi siempre me pareció muy tonto, la verdad. También le ayudó mi ego, que es el mismo ego de todas las mujeres, que le ganaba a veces a mi sentido común.

Antonio siempre me miró como si no hubiera otra mujer más bella ni más importante. Casi podía oírlo aguantar la respiración por la emoción cuando me tenía cerca. Y esa adoración casi infantil alimentaba mi ego.

La primera señal que debió hacerme huir la dejé pasar porque me causaba hasta un poco de gracia. Antonio comenzó a esperar, supongo que con el oído pegado a su puerta, a que yo saliera de mi apartamento en las mañanas, sólo para salir a saludarme en el pasillo. Cuando yo cerraba la puerta de mi casa, escuchaba como se abría la puerta del piso de abajo, y cuando me asomaba al segundo tramo de las escaleras ya él estaba abajo, al pie del último escalón, esperándome con esa sonrisa tonta y un gesto que quería decir ¡Buenos días! pero en realidad decía ¡soy patético!.

Al principio me saludaba con un hola tímido, pero de a poco evolucionó en un saludo de beso en la mejilla que al final era ya un abrazo apretado como el de los amigos que no se ven hace años. Yo respondí siempre casual a su acoso mañanero, en parte porque no me quedaba otra y en parte porque me parecía inofensivo, aunque empalagoso. El papá de Antonio era también su jefe, y un buen amigo de mi propio padre. Trabajaba en esa oficina desde hacía muchos años, más del doble de los que llevaba mi familia viviendo en ese edificio.

Un día Antonio se atrevió a decirme más que el hola usual, y me preguntó, con torpeza, a dónde iba. Yo le respondí, con brusco tono de obviedad, que a trabajar, como todos los días. Él sugirió que iba al metro, y yo tuve que confesar que yo también. Así que sin preguntar decidió que caminaríamos juntos hasta la estación más cercana.

En esas 5 cuadras me preguntó donde trabajaba, qué hacía, y todas esas preguntas aburridas que se hacen para matar el tiempo. Pero cuando nos acercábamos a la estación me agarró desprevenida y me pidió que le diera mi teléfono. "Para ver si hacemos algo un día de estos", me dijo. Yo consideré la idea de darle un número equivocado para sacármelo de encima sin incomodidades, pero no había escapatoria, nos veríamos al día siguiente (o el mismo día en el peor caso) y además él se adelantó con el único rapto de brillantez que le vi en los casi 3 años que nos conocimos y me dijo que llamaría en ese mismo momento a mi número, para que yo pudiera guardar el de él.

Desde ese día comencé a recibir mensajes esporádicos, siempre cortos y precisos, casi siempre los viernes. "¿Qué haces hoy? ¿tomamos algo?". Y yo siempre lo evadía con excusas. Que estoy cansada. Tengo planes. Hoy no puedo. Pero algo me impedía rechazarlo de frente y mandarlo al zipote de una sola y buena vez. Supongo que era como tratar mal a un niño ingenuo, como decirle a un inocente que Santa no existe. También debo confesar que su insistencia me halagaba, de nuevo el ego, mi desgracia.

Un día de diciembre, casi año después del incidente del teléfono, llegué a casa con una maleta llena de botellas de licor. Era el regalo navideño de la oficina en la que trabajaba. Eran unas 10 botellas embutidas en una maleta con rueditas, así que pude arrastrarla sin problemas hasta que llegué a las escaleras de mi edificio. Comencé a subir con esfuerzo, pero el ruido que hacía intentando subir hizo que Antonio se asomara al pasillo a ver qué pasaba, Cuando me vió salió corriendo en mi auxilio y me reprendió con muchísima ternura que no le hubiera llamado desde un principio para subir esa maleta tan pesada. Una dama como tú en estas, me dijo, es el fin del mundo, pudiste hacerte daño, como se te ocurre, si aquí estoy yo para ayudarte cuando me necesites. Era muy gafo, pero muy galante, el pobre Antonio.

En la puerta de mi casa le di las gracias y abrí la puerta lo más rápido que pude para terminar pronto con la escenita, pero Antonio no me dejó.

Nunca imaginé lo que estaba a punto de pasar. La pena ajena que siento cuando lo recuerdo me hace cerrar los ojos, me da ganas de retroceder el tiempo y dejar la maleta en otro lado, llegar más tarde, llamar a mi papá para que suba él la maleta, cualquier cosa para evitarle a Antonio, y a mi, lo que sucedió después.

Antonio impidió que cerrara la puerta y me tomó de las manos, no había nadie en mi casa, así que nadie pudo salvarlo con una interrupción. Yo estaba ahí parada, con ese pobre hombre agarrándome las manos con sus propias manos sudorosas y temblando, porque temblaba, lo juro, sin saber qué hacer ni a donde mirar, me parecía demasiado cruel soltarlo con brusquedad y cerrarle la puerta en las narices, pero hubiera sido mejor.

Me miraba con los ojos brillantes, como Candy Candy, y empezó a hablar a tropezones. Me dijo que yo era la mujer más especial que él conocía - pero nunca cruzamos más de diez palabras-, me dijo que era tan bella y tan elegante - en esto tenía razón, no podía contradecirlo-, me dijo que hace mucho tiempo pensaba en mi - cosa que quizá era cierta- y que tenía algo muy importante que decirme.

Aquí debo aclarar que esto ocurrió cuando yo tenía 20 años. Él debía tener 25 o 26. Eramos gente grande, pues. Gente que trabaja y que es mayor de edad. En conclusión, ya no éramos ningunos carajitos. Es por eso que lo que me dijo no me podía caber en la cabeza.

Con la voz quebrada por los nervios, y aferrado a mis manos como si fuera a caerse, o porque sabía que iba a caerse en ese barranco en el que se estaba lanzando, Antonio me miró con los ojos llenos de lágrimas - esto lo juro por mi propia vida- y me dijo que estaba enamorado de mi y que quería preguntarme si yo quería ser su novia.

En pleno 2006, en plena era del reguetón y siendo dos adultos que se conocen vagamente, este hombre se me estaba "declarando", así a la antigua. Con la gracia de un aguacate, sin haber siquiera ido a comer helados, este tarajallo que trabajaba y tenía licencia de conducir, se me plantaba en frente a punto de llorar y me decía textual "yo estoy enamorado de ti y te quería preguntar si quieres ser mi novia".

Debe haber sido el momento más incómodo de mi vida. Más que todas las veces que yo misma había hecho el ridículo frente a un hombre, y créanme, a los 20 años ya había hecho ese tipo de ridículos decenas de veces.

No sé ni qué le dije, pero seguro fue algo como que le agradecía muchísimo que fuera tan amable conmigo, pero que no podía responderle algo así, ¡no sabía ni su apellido!. Que muchas gracias, pero no gracias. Y ahí sí me solté y cerré la puerta lo más rápido que me dieron las manos y la maleta, que seguía atravesada en el umbral.

Pasé varios días tragando grueso para no encontrarme al pobre tipo en el pasillo, y creo que él también lo intentaba porque no nos vimos por un tiempo.

Pero lo peor del cuento es que no terminó ahí. Yo llegué a salir, as in a date, con Antonio. Un par de meses después. Lo sé porque google me permite ponerle fecha a nuestra cita por la fecha de estreno de la película que fuimos a ver.

¿Cómo llegamos a tener una cita ese personaje y yo? ¿Cómo fue esa cita? Es material para otro post. Así que... esta historia continuará.

19.5.11

Un día en un sueño, soñando, soñé

Cuando duermo boca arriba tengo pesadillas. Siempre que despierto de un mal sueño me encuentro en posiciones insólitas, con una pierna cruzada aplastada bajo la otra, o con los brazos completamente estirados hacia arriba y agarrándome una muñeca, como asfixiando la mano.

Durante mi adolescencia fueron muchas las veces que mi madre me despertó asustada, creyendo que estaba a punto de caerme de la cama, se despertaba cuando me oía hablar en sueños y al llegar a mi habitación me veía con la cabeza colgando del borde de la cama, o con una pierna en alto, cruzada sobre la otra. Siempre boca arriba.

Anoche me despertó mi madre, parece imposible porque dormíamos a miles de kilómetros de distancia, pero fue uno de esos sueños en los que sueñas que estás soñando, y te despiertas dos veces.

En el primer sueño algo me aplastaba y yo tenía miedo, entre la penumbra podía ver que mi hermana dormía en el suelo, al lado de mi cama. Trataba de llamarla, gritaba su nombre en mi mente, pero no me salía la voz. Lloraba frustrada, pero también mentalmente, porque tampoco me salían las lágrimas.

Cuando logré emitir sonidos, en el sueño, lo que me aplastaba me empezó a hacer mucho daño, estaba muy asustada y recordé que mi mamá siempre me dice que cuando tenga pesadillas rece el Padre Nuestro. Es muy raro, porque ella no es religiosa, pero lo recordé e intenté hacerlo. Debe ser el único ápice de religiosidad que me queda. Después de tantos libros, abracé un agnosticismo primero inmaduro - diría que hasta hipster - que ya a estas alturas me define en algunas de mis formas.

Me dio miedo darme cuenta que ya no recordaba el Padre Nuestro. Me desperté, en mi cuarto en Buenos Aires, y justo entonces mi mamá entró y le conté que ya no me sabía la oración, ella lo recitó para mi. Cuando hubo terminado reconocí que soñaba. Era imposible que mi madre entrara a mi cuarto en Buenos Aires, ella está en Venezuela.

Me desperté por segunda vez y ahora sí estaba despierta, como petrificada sobre la cama, en una especie de posición egipcia.

Por un segundo recordé todas las veces que me he despertado asustada por un sueño, siempre que pasa estoy boca arriba. Ya estoy muy grande para llamar a mi mamá cuando tengo una pesadilla. Además hubiera sido aterrador despertarla a la madrugada estando tan lejos, sin contar lo desconsiderado. Así que lloré, sola, sentada sobre mi cama viendo el lugar donde mi madre se había sentado hacía un par de minutos, en mi sueño.

Y con vergüenza, contra mi misma, a pesar de todo lo que digo, hago y sé, recé un Padre Nuestro que me hiciera sentirme de nuevo cerca de ella. Y lo hizo. Luego dormí.

9.5.11

¿Lo viví o lo leí?


El sábado viajé por primera vez en tren. Cuando se lo cuento a la gente de acá me preguntan si en Venezuela no hay trenes, yo les digo que no para no extenderme en explicaciones y a ellos no les extraña mucho porque acompaño el comentario explicando que somos un país petrolero donde la gasolina es más barata que el agua y por eso nos movemos en autos siempre.

El ferrocarril a Los Vales del Tuy y el de Los Teques son relativamente nuevos y nunca tuve necesidad de usarlos, además debo confesar que no me hacía ni un poco de gracia imaginarme metida en ese berenjenal que se ve en los videos de youtube que muestran la estación de La Rinconada con gente corriendo como dementes para no perder la transferencia.

Tampoco fui nunca a El Consejo, aunque lo consideré muchas veces, pero se quedó como uno más de esos miles de paseos que nunca hice por falta de planificación o entusiasmo. Con vergüenza debo decir que no fui nunca a Choroní ni a Cuyagua, ni a Mochima, ni a Los Roques, ni a Canaima.

Es más, no sé que hice los 25 años que pasé en tierra bolivariana, porque visto así no hice un coño de lo que hay que hacer. Dejé todas esas cosas para después y bastante que me quejaba de "no tener nada para hacer" cada fin de semana. Me quedan todas esas deudas para cuando turistee de nuevo en Venezuela.

Decidida a no repetir errores de este lado del mundo, me embarqué a mi primer viaje turístico, aunque suene a mucho porque fue sólo un paseo de 45 min en un trencito que me llevó a Gran Buenos Aires, que es lo mismo que haber tomado el tren de los Teques para pasear en la Gran Caracas.

Las vías del tren pasan primero frente al aeroparque, y desde allí puedes ver los aviones y las pistas mientras avanzas en el terco armatoste metálico, terco porque se mueve sólo en una vía, debe ser aburridísimo no poder salirse nunca del carril.

Justo después puedes ver un pedacito del río, a lo lejos, y luego comienzas a ver las casas de las zonas residenciales que hacen vida alrededor de cada estación.

Mientras veía por la ventanilla las cientos de casas que íbamos dejando atrás pensé en escribir este post, sobretodo porque un recuerdo literario me asaltó y me conmovió y los que me acompañaban en ese momento no supieron apreciarlo cuando lo conté, o al menos eso me pareció. Me dije, cuando lo cuente en el blog seguro habrá alguien que se emocione tanto como yo por esta pavada que me vino a la mente al pasar en un tren frente a un montón de casas.

Inesperadamente ayer leía uno de mis blogs favoritos, Rostros de Viento, y el autor hablaba de los recuerdos literarios, y para más señas su recuerdo y el mio son del mismo autor. No les tengo que decir que me emocioné, que pensé en los guiños de los que siempre hablo, que sentí el impulso de venir corriendo a escribir esto y no seguir dejándolo para después. Y aquí estoy, y doy mil vueltas para contarles algo porque necesitaba teclear mucho, es que justo debo escribir un ensayo y una vez me dijeron que si debemos leer o escribir algo que no nos inspire o que no nos guste lo más conveniente es leer o escribir antes algo que sí, para ejercitar el músculo creador.

Volvamos al recuerdo literario. Prometo no dar más rodeos. Mi viaje en ese tren que pasaba por los patios de todas esas casas me llevó en un microsegundo al cuento de Cortázar "Final del juego". Necesito que se emocionen conmigo, entonces si no lo han leído, vayan .

Listo. Ahora ya saben que el cuento trata sobre tres chicas que esperan la hora de la siesta para salir al patio de su casa, por donde pasa el tren que viene de Tigre, a jugar a las "estatuas y actitudes", ataviadas con trapos y expresiones teatrales, petrificadas, mientras observan las reacciones de su público, los pasajeros del tren.

Mi recuerdo fue casi cinematográfico, porque una vez que me hube concentrado, pude ver en mi memoria a una chica cubierta con un trapo blanco y usando una corona de flores, parada bajo el sol. Sé que suena a payasada, a que me las quiero dar de intensa y literata soñadora, pero es cierto. Creo que en el cuento nunca se describe una estatua como esa, pero cuando lo leí eso fue lo que me imaginé.

Ya me pasó antes, pero esa vez iba sola y no hubo con quien compartir el recuerdo. Caminaba por alguna callecita de Palermo y había un paraguas tirado en el suelo, dañado y sucio, y de inmediato pensé en el paraguas que La Maga y Oliveira abandonan en un barranco luego de haberlo usado para darle punzadas a la gente en el subte.

Me gusta recordar escenas de libros como si fueran escenas de películas. No lo voy a negar, me gusta principalmente porque me hace sentir especial. Cosas de egocéntricos con delirios de grandeza, no puedo evitar creerme mejor que la gente que no lee. Tampoco puedo evitar querer más a la gente sólo porque lee lo mismo que yo. O porque lee, punto.

Lo bueno es que siento que me vine a la ciudad adecuada para que me sigan pasando este tipo de cosas. Cuidado si no estoy acá sólo porque Cortázar es mi autor favorito. Sería un snobismo casi insoportable, lo sé. Quizá por eso nunca lo he concientizado.

Prediero decir que me vine para acá porque hay estaciones, pero es más barato que Europa. O que vine porque había un posgrado que me gustaba. O que me enamoré de Buenos Aires desde el instante en que pisé la calle Corrientes. Cualquiera de esas. Es que es demasiado ingenuo mudarse al otro lado del continente nada más porque ahí se desarrollan tus cuentos favoritos.

Entiendan que llevo la vida tratando de disimular mi ingenuidad. Disfrazada de actitud. O sea, jugando a las estatuas y actitudes.

4.4.11

El Ávila iría bien a la altura de Belgrano

En mi cuarta semana en Buenos Aires he entablado conversación, propiamente dicha, larga y tendida, con cuatro argentinos. Ni uno más. Mi intuición era correcta cuando bromeaba en Caracas diciendo que seguramente iba a terminar, como casi todos los expatriados, en una especie de ghetto venezolano.

Si hay algo que considero sin sentido y contraproducente es justamente eso de moverte físicamente pero permanecer espiritualmete, si acaso es el término que cabe. En el post anterior les hablaba de los gringos que abarrotan los bares de Palermo bebiendo el mismo trago que se toman en casa y conociendo a otros gringos como ellos, porque no atinan media palabra en español, o ni siquiera hacen el intento. Me parece terriblemente deprimente. Si ya le diste pata para llegar al otro lado del mundo, hazle honor a tu viaje y mézclate entre los locales, come y bebe lo local, aprende de lo que te rodea y no te busques el único bar lleno de polacos como tú, a los que te podrías encontrar al doblar la esquina de tu casa. Vamos, que ya la globalización nos jode bastante la vida como para dejarla ganar hasta en eso.

Pues bien, igual de terrible que el irlandés que se mete el pub McGinhey, es el venezolano que llega a Munich y se busca la única arepera que hay en toda Alemania, o empieza a gastar 20 euros por un paquete de harina PAN semanal porque no se acostumbra a desayunar salchichas. "Es que lo mio es el queso guayanés, marico".

Siempre he dicho esto mismo cuando toca hablar del tema, incluso antes de saber lo que era vivir afuera (no nos caigamos a cuentos, todavía no sé lo que es vivir afuera porque no tengo ni un mes de haber llegado). Pero mi bocota y mi supuesta autosuficiencia no me dejaron ver antes un pequeño detalle en toda esta situación del expatriado llorón, y es que lo natural es acercarse a otros venezolanos cuando la comunidad es enorme y siempre hay un conocido de conocido, más si vives sólo y no tienes roomates para entablar nuevas relaciones, más si el posgrado da clases dos días a la semana y en 4 clases que llevo hasta ahora sólo he conversado con un colombiano y una argentina, durante los 15 minutos del break.

En fin, que sólo he salido con venezolanos y sólo he hablado de Venezuela, la que acabo de dejar, la que era hace un año cuando se vino aquella, o hace tres cuando se vino aquel. En otro giro de la charla hablamos de las diferencias entre argentinos y venezolanos, que no son tantas pero nos encanta categorizar hasta lo más mínimo, y en último caso, vamos a las típicas explicaciones de la jerga local, para evitar que un nuevo como yo llegue al cine y deje en el sitio al chico de los dulces pidiéndole unas cotufas acarameladas. Se dice pochoclos dulces, pelotuda.

No quiero que nadie me malinterprete, porque he conocido gente genial hasta ahora, y me encanta comprobar que la solidaridad de mis compatriotas no se queda en canciones de Carlos Baute. Los panas están ahí cuando uno pega un grito, y eso es decir que jode estando donde estamos. Además siempre hace falta alguien que traduzca al caraqueño los nombres de los vegetales y los cortes de carne, alguien que te deje claro que tal barrio es Cotiza, "pa allá ni si te ocurra, marica", y que en la embajada hay que hablar con fulana "porque la otra no tiene idea de nada".

Lo que sí es que desde ya debo comenzar las estrategias para ampliar mi radio de acción social y -literalmente- ampliar las fronteras. Bienvenidos argentinos, colombianos, chilenos, uruguayos, brasileños y demás que se encuentre en Capital Federal (todavía no sé tomar el tren).
Si alguno lee, en los comentarios se oyen invitaciones.

Mi mami dice que es bueno el culantro, pero no tanto, así que cumplida la cuota de caraqueños que extrañan el Ávila como yo, y que añoran una mayonesa blanca o una margarina mavesa, vengan los del resto del mundo a enseñarme groserías de otras latitudes.

Sabemos que esa siempre es la primera conversación entre extranjeros, no se hagan los locos.



1.4.11

De vuelta, en el culo del mundo

Para @Thedannyboy13, que no ha dejado de pedirme que escriba
y no sabe lo mucho que significa eso

Buenos Aires.
De este texto no tengo nada claro aún, salvo que tiene que empezar de esta forma, con esas dos palabras que en realidad son una.
Buenos Aires, la de los porteños -guapos e histéricos-, la de Cortázar, la de Mafalda, la de Evita, la de los miles de venezolanos entre 20 y 35 años, la que ahora es mía porque quise yo. Esa será siempre la gran diferencia de nuestro romance, porque Caracas fue mía porque quiso ella, o el destino cuando me mandó a nacer en sus calles.

Las películas y los libros nos enseñan siempre a luchar por nuestros sueños, a trabajar duro por ellos, para abrazarlos al final de la historia y poder sonreír en el último cuadro justo antes de que se lea "Fin". La cosa es que nadie nos cuenta que pasa después, cuando se apagan las luces en el cine apenas está comenzado la historia de la heroína o el galán, pero nosotros nos vamos a casa contentos por saber que logró lo que quería. Casarse o salvar al mundo, da lo mismo. Ahora yo estoy justo en ese punto, me bajé de un avión a 9mil km de mi casa, le sonreí al amanecer que me recibió en este puerto y ahí, justo ahí, donde hubiera terminado la película que narraba mis luchas y esfuerzos por cumplir mi sueño de venir a vivir en este lado del mundo, fue que en realidad empezó todo.

Pasé los últimos 2 años -quizá un poco más - pensando en Buenos Aires, leyendo a Buenos Aires, viendo a Buenos Aires - en mapas, en fotos, en films-, oyendo a Buenos Aires. Coño, que tenía un mapa pegado a la pared de mi cuarto y un libro sobre la argentinidad. Ahora tengo más de 2 semanas viviéndola, y siento que aún no tengo nada claro.

Creo que nadie me dijo qué se hace cuando cumples tu sueño. ¿A donde voy? ¿Me busco otro sueño ahora? ¿Debería sentirme realizada, verdad? Y lo estoy, ¿pero qué hago con este hueco en el pecho cuando pienso en alguien que dejé lejos?
¿Por qué no recuerdo cómo hice para vivir esto mismo hace casi 10 años? ¿No se suponía que el bloqueo de escritor terminaría por arte de magia cuando pudiera sentarme en una plaza porteña a escribir? ¿Soy feliz? Sí ¿Pero me sigue faltando algo? Así parece ¿Sé qué es? No, y lo peor es que tampoco sé por donde empezar a buscarlo.

Hace un par de días, finalmente, encontré a Buenos Aires. Yo ya sabía que no estaba en el Obelisco, rodeado de japoneses con cámaras, ni en Puerto Madero, con su puente incoherente y pertubador, muchísimo menos en Plaza Cortázar, ese no lugar tristísimo, donde centenares de nórdicos van a engañarse con una ilusión de viajero, bebiendo la misma cerveza que en casa, hablando en el mismo idioma, y perdiendo la conciencia con la misma falta de gracia.

La verdad es que Buenos Aires me encontró a mi, sentada en un portal fumando un cigarrillo. Se acercó caminando, con la forma de dos hombres viejos y simpáticos que arrastraban los pies. Nadie nos presentó, como debe ser, y ellos sólos decidieron contarme sobre este puerto y lo que tiene para ofrecer. Me pidieron que evitara ciertos lugares y me recomendaron con insistencia otras esquinas que no aparecen en ninguna guía turística. Me hablaron de la Caracas que conocieron hace 40 años, y si no fuera porque mi partida de nacimiento me lo confirma, juraría que me hablaban de un lugar distinto al que conozco.

Varias cosas me impresionaron durante las dos horas de conversa. Primero, su convicción de que los porteños son lo que son por lo que comen, el bife de chorizo los hace fuertes e inteligentes pero los mata de cáncer, según ellos. Luego, esa pasión que todavía pueden demostrar - con más de 80 años - para mirar sin vergüenza a todas y cada una de las mujeres que pasaron frente a nosotros.

Finalmente, lo que más disfruté fue presenciar su amistad, confirmar lo que ya sabía, que se puede amar a un amigo luego de 40 años, que esa complicidad que se lee en la mirada de dos cuando han compartido todo no se borra con el pasar de los años. Estos dos seres no tuvieron que decir que son amigos desde hace mil años y para siempre, que dejaron de ser amigos hace mucho para convertirse en hermanos, pero lo supimos, lo escuchamos en sus carcajadas, en las frases de uno que terminaba el otro, y eso me dio la paz que necesitaba en ese preciso momento. Pude imaginarme en 40 años, interpelando a un grupo de jovencitos en un acera, con alguno de mis amigos que estará tan arrugado como yo, segura de que somo capaces de construir el amor de muchas formas, sólo basta que dos personas quieran.

El más divertido de los dos me habló del sino, me explicó en su fuerte acento porteño que es una expresión para explicar lo inevitable. "Es eso que tiene que suceder, sin importar lo que hagas, si lo buscas o si lo evitas, ocurrirá porque tiene que ocurrir, eso es el sino". Le entendí, y sonreí.

Desde ahora quiero pensar que venir a Buenos Aires fue un sino. Es una idea tan romántica que suena a literatura. Precisamente lo que necesito.
¿Quien diría que un par de octogenarios desconocidos me darían respuestas? Mirá vos.



Con este texto pretendo arrancar un nuevo ciclo del blog,
pronto vendrán cambios de forma.


4.11.10

Mi corazón 2.0

A Mela y a Hernán

Cada mañana me siento frente a este escritorio, enciendo el monitor y muevo un poco el mouse para que la pantalla cobre vida.

Nadie sabía que dejo la computadora prendida siempre y que sólo apago el monitor al irme cada noche, ahora lo saben todos ustedes, los 15 lectores que le quedan a este blog luego de tanto abandono.

No quiero que nadie me cuente cuantos hogares podrían usar la energía que gasta mi computador prendido toda la noche. Yo hago muchas otras cosas para salvar a los osos polares y a los pinguinos bebés: no recibo bolsas plásticas salvo que sea absolutamente necesario, desconecto mis cargadores aunque deba hacer contorsionismo bajo el escritorio o detrás del sofá y cierro el grifo de la ducha para enjabonarme y para aplicar el champú. Sepan entonces perdonar la eterna vela de mi PC.

Lo hago para no perder ni un segundo en conectarme. Siempre me ha parecido interminable el proceso de encendido de un computador, más si es uno viejo como el que tengo en la oficina. Además soy impaciente y adicta a la web.

Hace mucho que acepté mi dependencia a internet y al contrario de los apocalípticos que anuncian el fin de las relaciones interpersonales y la deshumanización, yo les puedo asegurar que mi vida 2.0, lejos de afectar la 1.0, sólo la ha alimentado y ayudado a crecer.

Hoy he cumplido mi rutina de siempre y he abierto las tres pestañas reglamentarias de todos los días al llegar: correo, twitter y lector de blogs.

Entre los muchos correos de trabajo, aburridos e impersonales, me encontré una carta, de esas que te hacen sonreir al reconocer el afecto en cada letra.

Entre los muchos posts que subieron los casi 80 escritores que leo en blogs, hubo uno que me emocionó hasta las lágrimas, como ya ha hecho tantas otras veces, porque me habló de cosas de verdad que yo creía que eran imposibles.

La autora del mail que me hizo sonreir es alguien de verdad, lo sé porque coincidimos cientos de veces en salones de clase y jardines varios, aunque por alguna razón nunca compartimos más de tres palabras en vivo, hasta que descubrimos que cada una tenía un lugarcito de estos etéreos, donde se cuelgan pensamiento sueltos, fotos viejas y los chistes malos que no nos atrevemos a decir en público. Yo descubrí que la flaca de los rulos escribía maravillosamente bien, que era simpática y graciosa, además de pana. Ella seguro confirmó lo que ya sospechaba, que la negrita pretenciosa era payasa y dramática, pero al menos tenía buena ortografía.

Lo cierto es que nos leemos, de todas las formas posibles en la red, desde hace mucho. Y aunque nunca nos tomamos un café en el grasetín de la universidad, esta mañana me mandó una carta que me hizo sonreir.

El que escribió el post en el blog, es un señor gordo, casado y con una hija, que nació en Argentina y se fue a España hace 10 años. Que ha escrito las cosas más maravillosas que he leído en internet, al que no conozco pero hemos cruzado un par de palabras por el chat de Facebook. En fin, un completo desconocido.

Sin embargo me emociona cada letra que escribe como si fuera mio el cuento, como si fuera yo la que está montando una revista con mi mejor amigo. Como si fuera yo la que mudó a su familia entera a un pueblito catalán para empezar un sueño.

Joder, como si fuera yo la que estuviera haciendo su sueño de adolescente realidad.

Un mail y un post. Esos fueron mis acompañantes de esta mañana.
Una sonrisa y unas lagrimitas.

Al carajo la deshumanización, a mi internet sólo me ha vuelto cada vez más humana.
¿A ustedes no?

26.10.10

Influencers: un documental y una excusa

Paso demasiado tiempo en internet, eso lo sabemos desde hace tiempo.
Me mudé a Twitter porque soy una vaga que prefirió empezar a vomitar cápsulas de 14o caracteres en vez de digerir textos un poco más trabajados, eso lo sabemos también.

Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que dije "Hoy sí escribo en el blog" y luego olvidé hacerlo, y sufro un poquito cuando alguien querido o lectores asiduos reclaman mi ausencia. Sé que no me creen que esto pase (yo tampoco lo creo) pero en efecto, ha pasado.

Así que hoy tuve un rapto de inspiración viendo el trailer de un documental que viene y que muero por ver, y decidí compartir con ustedes estas postcards geniales que están diseñando para promocionar el film, y al final podrán encontrar también el trailer.

Espero que lo encuentren tan inspirador como yo.










INFLUENCERS TRAILER from R+I creative on Vimeo.