
Todos los seres de este sobrepoblado hueco del espacio hemos pedido a gritos - alguna vez - honestidad.
"Dime la verdad", "se sincero", "no me engañes".
Producto de las convenciones y lo bien visto hemos aceptado la sinceridad y la verdad como virtudes y valores, rasgos dignos y pruebas de nuestra moral.
Como todo, es culpa de Disney. Nadie puede superar la atrocidad de ver a un pobre niño de madera sufrir durante hora y media viendo como crecía su nariz. Enfrentando ladrones, ballenas asesinas y demás obstáculos, sólo por ser mentiroso.
Yo misma reconozco haber resaltado por años mi capacidad para ser frontal, directa y sincera con todo lo que me rodea. Ingenua hija del sistema.
Hoy he venido a decirles que no, que ya no lo soporto más. Quiero que me mientan.
No puedo seguir escuchando verdades y aceptándolas con entereza. No quiero volver a pasar por el trago amargo de decirle a un ser querido que ese peinado le queda mal, que esa chaqueta le hace ver gordo, o que dejó de ser querido -por mi-.
Miéntanme. Especialmente ustedes, hombres del mundo, miéntanme.
Digan que deben ir a cumplir una mision secreta con Interpol. Que su abuela está enferma. Que el carro no prendió. Que se van a Timbuctú a pagar una promesa al Santo niño de Atoche.
Basta de mentiras fáciles como "no eres tú, soy yo" o "todo va a estar bien". Basta de verdades que también son mentiras como "no estoy listo para el compromiso" o "te mereces a alguien mejor".
Yo sé que me merezco a alguien mejor, pero mi soberana estupidez me llevó de alguna manera a querer estar contigo, entonces al menos ten la decencia de mentirme. Pero como debe ser.
Quiero que me mientan y quiero creerles. Así que hagamos todos un esfuerzo.
Nadie se atreve a decirlo, pero la verdad está sobrevaluada.
Ocultémosla hasta que no duela más.