19.5.11

Un día en un sueño, soñando, soñé

Cuando duermo boca arriba tengo pesadillas. Siempre que despierto de un mal sueño me encuentro en posiciones insólitas, con una pierna cruzada aplastada bajo la otra, o con los brazos completamente estirados hacia arriba y agarrándome una muñeca, como asfixiando la mano.

Durante mi adolescencia fueron muchas las veces que mi madre me despertó asustada, creyendo que estaba a punto de caerme de la cama, se despertaba cuando me oía hablar en sueños y al llegar a mi habitación me veía con la cabeza colgando del borde de la cama, o con una pierna en alto, cruzada sobre la otra. Siempre boca arriba.

Anoche me despertó mi madre, parece imposible porque dormíamos a miles de kilómetros de distancia, pero fue uno de esos sueños en los que sueñas que estás soñando, y te despiertas dos veces.

En el primer sueño algo me aplastaba y yo tenía miedo, entre la penumbra podía ver que mi hermana dormía en el suelo, al lado de mi cama. Trataba de llamarla, gritaba su nombre en mi mente, pero no me salía la voz. Lloraba frustrada, pero también mentalmente, porque tampoco me salían las lágrimas.

Cuando logré emitir sonidos, en el sueño, lo que me aplastaba me empezó a hacer mucho daño, estaba muy asustada y recordé que mi mamá siempre me dice que cuando tenga pesadillas rece el Padre Nuestro. Es muy raro, porque ella no es religiosa, pero lo recordé e intenté hacerlo. Debe ser el único ápice de religiosidad que me queda. Después de tantos libros, abracé un agnosticismo primero inmaduro - diría que hasta hipster - que ya a estas alturas me define en algunas de mis formas.

Me dio miedo darme cuenta que ya no recordaba el Padre Nuestro. Me desperté, en mi cuarto en Buenos Aires, y justo entonces mi mamá entró y le conté que ya no me sabía la oración, ella lo recitó para mi. Cuando hubo terminado reconocí que soñaba. Era imposible que mi madre entrara a mi cuarto en Buenos Aires, ella está en Venezuela.

Me desperté por segunda vez y ahora sí estaba despierta, como petrificada sobre la cama, en una especie de posición egipcia.

Por un segundo recordé todas las veces que me he despertado asustada por un sueño, siempre que pasa estoy boca arriba. Ya estoy muy grande para llamar a mi mamá cuando tengo una pesadilla. Además hubiera sido aterrador despertarla a la madrugada estando tan lejos, sin contar lo desconsiderado. Así que lloré, sola, sentada sobre mi cama viendo el lugar donde mi madre se había sentado hacía un par de minutos, en mi sueño.

Y con vergüenza, contra mi misma, a pesar de todo lo que digo, hago y sé, recé un Padre Nuestro que me hiciera sentirme de nuevo cerca de ella. Y lo hizo. Luego dormí.

9.5.11

¿Lo viví o lo leí?


El sábado viajé por primera vez en tren. Cuando se lo cuento a la gente de acá me preguntan si en Venezuela no hay trenes, yo les digo que no para no extenderme en explicaciones y a ellos no les extraña mucho porque acompaño el comentario explicando que somos un país petrolero donde la gasolina es más barata que el agua y por eso nos movemos en autos siempre.

El ferrocarril a Los Vales del Tuy y el de Los Teques son relativamente nuevos y nunca tuve necesidad de usarlos, además debo confesar que no me hacía ni un poco de gracia imaginarme metida en ese berenjenal que se ve en los videos de youtube que muestran la estación de La Rinconada con gente corriendo como dementes para no perder la transferencia.

Tampoco fui nunca a El Consejo, aunque lo consideré muchas veces, pero se quedó como uno más de esos miles de paseos que nunca hice por falta de planificación o entusiasmo. Con vergüenza debo decir que no fui nunca a Choroní ni a Cuyagua, ni a Mochima, ni a Los Roques, ni a Canaima.

Es más, no sé que hice los 25 años que pasé en tierra bolivariana, porque visto así no hice un coño de lo que hay que hacer. Dejé todas esas cosas para después y bastante que me quejaba de "no tener nada para hacer" cada fin de semana. Me quedan todas esas deudas para cuando turistee de nuevo en Venezuela.

Decidida a no repetir errores de este lado del mundo, me embarqué a mi primer viaje turístico, aunque suene a mucho porque fue sólo un paseo de 45 min en un trencito que me llevó a Gran Buenos Aires, que es lo mismo que haber tomado el tren de los Teques para pasear en la Gran Caracas.

Las vías del tren pasan primero frente al aeroparque, y desde allí puedes ver los aviones y las pistas mientras avanzas en el terco armatoste metálico, terco porque se mueve sólo en una vía, debe ser aburridísimo no poder salirse nunca del carril.

Justo después puedes ver un pedacito del río, a lo lejos, y luego comienzas a ver las casas de las zonas residenciales que hacen vida alrededor de cada estación.

Mientras veía por la ventanilla las cientos de casas que íbamos dejando atrás pensé en escribir este post, sobretodo porque un recuerdo literario me asaltó y me conmovió y los que me acompañaban en ese momento no supieron apreciarlo cuando lo conté, o al menos eso me pareció. Me dije, cuando lo cuente en el blog seguro habrá alguien que se emocione tanto como yo por esta pavada que me vino a la mente al pasar en un tren frente a un montón de casas.

Inesperadamente ayer leía uno de mis blogs favoritos, Rostros de Viento, y el autor hablaba de los recuerdos literarios, y para más señas su recuerdo y el mio son del mismo autor. No les tengo que decir que me emocioné, que pensé en los guiños de los que siempre hablo, que sentí el impulso de venir corriendo a escribir esto y no seguir dejándolo para después. Y aquí estoy, y doy mil vueltas para contarles algo porque necesitaba teclear mucho, es que justo debo escribir un ensayo y una vez me dijeron que si debemos leer o escribir algo que no nos inspire o que no nos guste lo más conveniente es leer o escribir antes algo que sí, para ejercitar el músculo creador.

Volvamos al recuerdo literario. Prometo no dar más rodeos. Mi viaje en ese tren que pasaba por los patios de todas esas casas me llevó en un microsegundo al cuento de Cortázar "Final del juego". Necesito que se emocionen conmigo, entonces si no lo han leído, vayan .

Listo. Ahora ya saben que el cuento trata sobre tres chicas que esperan la hora de la siesta para salir al patio de su casa, por donde pasa el tren que viene de Tigre, a jugar a las "estatuas y actitudes", ataviadas con trapos y expresiones teatrales, petrificadas, mientras observan las reacciones de su público, los pasajeros del tren.

Mi recuerdo fue casi cinematográfico, porque una vez que me hube concentrado, pude ver en mi memoria a una chica cubierta con un trapo blanco y usando una corona de flores, parada bajo el sol. Sé que suena a payasada, a que me las quiero dar de intensa y literata soñadora, pero es cierto. Creo que en el cuento nunca se describe una estatua como esa, pero cuando lo leí eso fue lo que me imaginé.

Ya me pasó antes, pero esa vez iba sola y no hubo con quien compartir el recuerdo. Caminaba por alguna callecita de Palermo y había un paraguas tirado en el suelo, dañado y sucio, y de inmediato pensé en el paraguas que La Maga y Oliveira abandonan en un barranco luego de haberlo usado para darle punzadas a la gente en el subte.

Me gusta recordar escenas de libros como si fueran escenas de películas. No lo voy a negar, me gusta principalmente porque me hace sentir especial. Cosas de egocéntricos con delirios de grandeza, no puedo evitar creerme mejor que la gente que no lee. Tampoco puedo evitar querer más a la gente sólo porque lee lo mismo que yo. O porque lee, punto.

Lo bueno es que siento que me vine a la ciudad adecuada para que me sigan pasando este tipo de cosas. Cuidado si no estoy acá sólo porque Cortázar es mi autor favorito. Sería un snobismo casi insoportable, lo sé. Quizá por eso nunca lo he concientizado.

Prediero decir que me vine para acá porque hay estaciones, pero es más barato que Europa. O que vine porque había un posgrado que me gustaba. O que me enamoré de Buenos Aires desde el instante en que pisé la calle Corrientes. Cualquiera de esas. Es que es demasiado ingenuo mudarse al otro lado del continente nada más porque ahí se desarrollan tus cuentos favoritos.

Entiendan que llevo la vida tratando de disimular mi ingenuidad. Disfrazada de actitud. O sea, jugando a las estatuas y actitudes.

4.4.11

El Ávila iría bien a la altura de Belgrano

En mi cuarta semana en Buenos Aires he entablado conversación, propiamente dicha, larga y tendida, con cuatro argentinos. Ni uno más. Mi intuición era correcta cuando bromeaba en Caracas diciendo que seguramente iba a terminar, como casi todos los expatriados, en una especie de ghetto venezolano.

Si hay algo que considero sin sentido y contraproducente es justamente eso de moverte físicamente pero permanecer espiritualmete, si acaso es el término que cabe. En el post anterior les hablaba de los gringos que abarrotan los bares de Palermo bebiendo el mismo trago que se toman en casa y conociendo a otros gringos como ellos, porque no atinan media palabra en español, o ni siquiera hacen el intento. Me parece terriblemente deprimente. Si ya le diste pata para llegar al otro lado del mundo, hazle honor a tu viaje y mézclate entre los locales, come y bebe lo local, aprende de lo que te rodea y no te busques el único bar lleno de polacos como tú, a los que te podrías encontrar al doblar la esquina de tu casa. Vamos, que ya la globalización nos jode bastante la vida como para dejarla ganar hasta en eso.

Pues bien, igual de terrible que el irlandés que se mete el pub McGinhey, es el venezolano que llega a Munich y se busca la única arepera que hay en toda Alemania, o empieza a gastar 20 euros por un paquete de harina PAN semanal porque no se acostumbra a desayunar salchichas. "Es que lo mio es el queso guayanés, marico".

Siempre he dicho esto mismo cuando toca hablar del tema, incluso antes de saber lo que era vivir afuera (no nos caigamos a cuentos, todavía no sé lo que es vivir afuera porque no tengo ni un mes de haber llegado). Pero mi bocota y mi supuesta autosuficiencia no me dejaron ver antes un pequeño detalle en toda esta situación del expatriado llorón, y es que lo natural es acercarse a otros venezolanos cuando la comunidad es enorme y siempre hay un conocido de conocido, más si vives sólo y no tienes roomates para entablar nuevas relaciones, más si el posgrado da clases dos días a la semana y en 4 clases que llevo hasta ahora sólo he conversado con un colombiano y una argentina, durante los 15 minutos del break.

En fin, que sólo he salido con venezolanos y sólo he hablado de Venezuela, la que acabo de dejar, la que era hace un año cuando se vino aquella, o hace tres cuando se vino aquel. En otro giro de la charla hablamos de las diferencias entre argentinos y venezolanos, que no son tantas pero nos encanta categorizar hasta lo más mínimo, y en último caso, vamos a las típicas explicaciones de la jerga local, para evitar que un nuevo como yo llegue al cine y deje en el sitio al chico de los dulces pidiéndole unas cotufas acarameladas. Se dice pochoclos dulces, pelotuda.

No quiero que nadie me malinterprete, porque he conocido gente genial hasta ahora, y me encanta comprobar que la solidaridad de mis compatriotas no se queda en canciones de Carlos Baute. Los panas están ahí cuando uno pega un grito, y eso es decir que jode estando donde estamos. Además siempre hace falta alguien que traduzca al caraqueño los nombres de los vegetales y los cortes de carne, alguien que te deje claro que tal barrio es Cotiza, "pa allá ni si te ocurra, marica", y que en la embajada hay que hablar con fulana "porque la otra no tiene idea de nada".

Lo que sí es que desde ya debo comenzar las estrategias para ampliar mi radio de acción social y -literalmente- ampliar las fronteras. Bienvenidos argentinos, colombianos, chilenos, uruguayos, brasileños y demás que se encuentre en Capital Federal (todavía no sé tomar el tren).
Si alguno lee, en los comentarios se oyen invitaciones.

Mi mami dice que es bueno el culantro, pero no tanto, así que cumplida la cuota de caraqueños que extrañan el Ávila como yo, y que añoran una mayonesa blanca o una margarina mavesa, vengan los del resto del mundo a enseñarme groserías de otras latitudes.

Sabemos que esa siempre es la primera conversación entre extranjeros, no se hagan los locos.



1.4.11

De vuelta, en el culo del mundo

Para @Thedannyboy13, que no ha dejado de pedirme que escriba
y no sabe lo mucho que significa eso

Buenos Aires.
De este texto no tengo nada claro aún, salvo que tiene que empezar de esta forma, con esas dos palabras que en realidad son una.
Buenos Aires, la de los porteños -guapos e histéricos-, la de Cortázar, la de Mafalda, la de Evita, la de los miles de venezolanos entre 20 y 35 años, la que ahora es mía porque quise yo. Esa será siempre la gran diferencia de nuestro romance, porque Caracas fue mía porque quiso ella, o el destino cuando me mandó a nacer en sus calles.

Las películas y los libros nos enseñan siempre a luchar por nuestros sueños, a trabajar duro por ellos, para abrazarlos al final de la historia y poder sonreír en el último cuadro justo antes de que se lea "Fin". La cosa es que nadie nos cuenta que pasa después, cuando se apagan las luces en el cine apenas está comenzado la historia de la heroína o el galán, pero nosotros nos vamos a casa contentos por saber que logró lo que quería. Casarse o salvar al mundo, da lo mismo. Ahora yo estoy justo en ese punto, me bajé de un avión a 9mil km de mi casa, le sonreí al amanecer que me recibió en este puerto y ahí, justo ahí, donde hubiera terminado la película que narraba mis luchas y esfuerzos por cumplir mi sueño de venir a vivir en este lado del mundo, fue que en realidad empezó todo.

Pasé los últimos 2 años -quizá un poco más - pensando en Buenos Aires, leyendo a Buenos Aires, viendo a Buenos Aires - en mapas, en fotos, en films-, oyendo a Buenos Aires. Coño, que tenía un mapa pegado a la pared de mi cuarto y un libro sobre la argentinidad. Ahora tengo más de 2 semanas viviéndola, y siento que aún no tengo nada claro.

Creo que nadie me dijo qué se hace cuando cumples tu sueño. ¿A donde voy? ¿Me busco otro sueño ahora? ¿Debería sentirme realizada, verdad? Y lo estoy, ¿pero qué hago con este hueco en el pecho cuando pienso en alguien que dejé lejos?
¿Por qué no recuerdo cómo hice para vivir esto mismo hace casi 10 años? ¿No se suponía que el bloqueo de escritor terminaría por arte de magia cuando pudiera sentarme en una plaza porteña a escribir? ¿Soy feliz? Sí ¿Pero me sigue faltando algo? Así parece ¿Sé qué es? No, y lo peor es que tampoco sé por donde empezar a buscarlo.

Hace un par de días, finalmente, encontré a Buenos Aires. Yo ya sabía que no estaba en el Obelisco, rodeado de japoneses con cámaras, ni en Puerto Madero, con su puente incoherente y pertubador, muchísimo menos en Plaza Cortázar, ese no lugar tristísimo, donde centenares de nórdicos van a engañarse con una ilusión de viajero, bebiendo la misma cerveza que en casa, hablando en el mismo idioma, y perdiendo la conciencia con la misma falta de gracia.

La verdad es que Buenos Aires me encontró a mi, sentada en un portal fumando un cigarrillo. Se acercó caminando, con la forma de dos hombres viejos y simpáticos que arrastraban los pies. Nadie nos presentó, como debe ser, y ellos sólos decidieron contarme sobre este puerto y lo que tiene para ofrecer. Me pidieron que evitara ciertos lugares y me recomendaron con insistencia otras esquinas que no aparecen en ninguna guía turística. Me hablaron de la Caracas que conocieron hace 40 años, y si no fuera porque mi partida de nacimiento me lo confirma, juraría que me hablaban de un lugar distinto al que conozco.

Varias cosas me impresionaron durante las dos horas de conversa. Primero, su convicción de que los porteños son lo que son por lo que comen, el bife de chorizo los hace fuertes e inteligentes pero los mata de cáncer, según ellos. Luego, esa pasión que todavía pueden demostrar - con más de 80 años - para mirar sin vergüenza a todas y cada una de las mujeres que pasaron frente a nosotros.

Finalmente, lo que más disfruté fue presenciar su amistad, confirmar lo que ya sabía, que se puede amar a un amigo luego de 40 años, que esa complicidad que se lee en la mirada de dos cuando han compartido todo no se borra con el pasar de los años. Estos dos seres no tuvieron que decir que son amigos desde hace mil años y para siempre, que dejaron de ser amigos hace mucho para convertirse en hermanos, pero lo supimos, lo escuchamos en sus carcajadas, en las frases de uno que terminaba el otro, y eso me dio la paz que necesitaba en ese preciso momento. Pude imaginarme en 40 años, interpelando a un grupo de jovencitos en un acera, con alguno de mis amigos que estará tan arrugado como yo, segura de que somo capaces de construir el amor de muchas formas, sólo basta que dos personas quieran.

El más divertido de los dos me habló del sino, me explicó en su fuerte acento porteño que es una expresión para explicar lo inevitable. "Es eso que tiene que suceder, sin importar lo que hagas, si lo buscas o si lo evitas, ocurrirá porque tiene que ocurrir, eso es el sino". Le entendí, y sonreí.

Desde ahora quiero pensar que venir a Buenos Aires fue un sino. Es una idea tan romántica que suena a literatura. Precisamente lo que necesito.
¿Quien diría que un par de octogenarios desconocidos me darían respuestas? Mirá vos.



Con este texto pretendo arrancar un nuevo ciclo del blog,
pronto vendrán cambios de forma.


4.11.10

Mi corazón 2.0

A Mela y a Hernán

Cada mañana me siento frente a este escritorio, enciendo el monitor y muevo un poco el mouse para que la pantalla cobre vida.

Nadie sabía que dejo la computadora prendida siempre y que sólo apago el monitor al irme cada noche, ahora lo saben todos ustedes, los 15 lectores que le quedan a este blog luego de tanto abandono.

No quiero que nadie me cuente cuantos hogares podrían usar la energía que gasta mi computador prendido toda la noche. Yo hago muchas otras cosas para salvar a los osos polares y a los pinguinos bebés: no recibo bolsas plásticas salvo que sea absolutamente necesario, desconecto mis cargadores aunque deba hacer contorsionismo bajo el escritorio o detrás del sofá y cierro el grifo de la ducha para enjabonarme y para aplicar el champú. Sepan entonces perdonar la eterna vela de mi PC.

Lo hago para no perder ni un segundo en conectarme. Siempre me ha parecido interminable el proceso de encendido de un computador, más si es uno viejo como el que tengo en la oficina. Además soy impaciente y adicta a la web.

Hace mucho que acepté mi dependencia a internet y al contrario de los apocalípticos que anuncian el fin de las relaciones interpersonales y la deshumanización, yo les puedo asegurar que mi vida 2.0, lejos de afectar la 1.0, sólo la ha alimentado y ayudado a crecer.

Hoy he cumplido mi rutina de siempre y he abierto las tres pestañas reglamentarias de todos los días al llegar: correo, twitter y lector de blogs.

Entre los muchos correos de trabajo, aburridos e impersonales, me encontré una carta, de esas que te hacen sonreir al reconocer el afecto en cada letra.

Entre los muchos posts que subieron los casi 80 escritores que leo en blogs, hubo uno que me emocionó hasta las lágrimas, como ya ha hecho tantas otras veces, porque me habló de cosas de verdad que yo creía que eran imposibles.

La autora del mail que me hizo sonreir es alguien de verdad, lo sé porque coincidimos cientos de veces en salones de clase y jardines varios, aunque por alguna razón nunca compartimos más de tres palabras en vivo, hasta que descubrimos que cada una tenía un lugarcito de estos etéreos, donde se cuelgan pensamiento sueltos, fotos viejas y los chistes malos que no nos atrevemos a decir en público. Yo descubrí que la flaca de los rulos escribía maravillosamente bien, que era simpática y graciosa, además de pana. Ella seguro confirmó lo que ya sospechaba, que la negrita pretenciosa era payasa y dramática, pero al menos tenía buena ortografía.

Lo cierto es que nos leemos, de todas las formas posibles en la red, desde hace mucho. Y aunque nunca nos tomamos un café en el grasetín de la universidad, esta mañana me mandó una carta que me hizo sonreir.

El que escribió el post en el blog, es un señor gordo, casado y con una hija, que nació en Argentina y se fue a España hace 10 años. Que ha escrito las cosas más maravillosas que he leído en internet, al que no conozco pero hemos cruzado un par de palabras por el chat de Facebook. En fin, un completo desconocido.

Sin embargo me emociona cada letra que escribe como si fuera mio el cuento, como si fuera yo la que está montando una revista con mi mejor amigo. Como si fuera yo la que mudó a su familia entera a un pueblito catalán para empezar un sueño.

Joder, como si fuera yo la que estuviera haciendo su sueño de adolescente realidad.

Un mail y un post. Esos fueron mis acompañantes de esta mañana.
Una sonrisa y unas lagrimitas.

Al carajo la deshumanización, a mi internet sólo me ha vuelto cada vez más humana.
¿A ustedes no?

26.10.10

Influencers: un documental y una excusa

Paso demasiado tiempo en internet, eso lo sabemos desde hace tiempo.
Me mudé a Twitter porque soy una vaga que prefirió empezar a vomitar cápsulas de 14o caracteres en vez de digerir textos un poco más trabajados, eso lo sabemos también.

Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que dije "Hoy sí escribo en el blog" y luego olvidé hacerlo, y sufro un poquito cuando alguien querido o lectores asiduos reclaman mi ausencia. Sé que no me creen que esto pase (yo tampoco lo creo) pero en efecto, ha pasado.

Así que hoy tuve un rapto de inspiración viendo el trailer de un documental que viene y que muero por ver, y decidí compartir con ustedes estas postcards geniales que están diseñando para promocionar el film, y al final podrán encontrar también el trailer.

Espero que lo encuentren tan inspirador como yo.










INFLUENCERS TRAILER from R+I creative on Vimeo.

17.9.10

Sincerémonos

Quizá lo que vengo a decir hoy les parece incoherente, pero lo creo sinceramente aunque no pueda argumentarlo o sustentarlo científicamente. Podrán decir que es mentira, pero yo lo seguiré creyendo.
La gente no cambia, en esencia, y lo que algunos consideren cambios no son más que sencillas adaptaciones de conducta. Pequeñas modificaciones de nuestro accionar a las que nos vemos obligados, casi siempre para hacer feliz a alguien más. Pero en el fondo, en ese puntito del hipotálamo o donde sea que se ubique la conducta, lo que verdaderamente somos está grabado en piedra, y nunca podrá ser modificado.

El asesino siempre seguirá siendo capaz de matar, aunque un psicólogo nos diga que se ha renovado. El egoísta siempre pensará primero en sí mismo, aunque aprenda que para quedar bien con la novia debe hacerle creer que la incluye en sus planes.
El romántico siempre comprará rosas y escribirá poemas, aunque el desamor lo lleve a decir que nunca más cederá ante esos rituales. En fin, no cambiamos.

Esto es lo primero que deberíamos aprender todos, para ser menos infelices.

10.8.10

Agua fría


Hace meses se dañó el calentador en mi casa. Un día dejó de funcionar y yo anoté en una lista que debía buscar al técnico que lo arreglara. Lo anoté justo debajo de los ítems limpiar las ventanas, comprar un timbre, buscar un sofá en mercadolibre y comprar clavos para guindar el cuadro de mi mamá.

Hoy no se ve mucho a través de las ventanas de la cocina y el baño, quien llega a mi casa debe escribir un SMS o usar los tradicionales nudillos para anunciar su llegada, mi sala sigue casi vacía a excepción de la silla de playa que le pedí prestada a mi papá en enero y el cuadro que pintó mi madre para decorar una pared del apartamento descansa sobre el suelo, recostado de esa pared que debería estar decorando. Así que obviamente el calentador de agua aún no funciona.

Según amanece el día, acomodo mis hábitos de higiene a la temperatura local. Me baño en la mañana antes de salir a trabajar si el horario me permite hacerlo cuando ya ha empezado a calentar el sol. Y procuro ducharme siempre en las noches justo cuando llego cansada y acalorada del trabajo, para aprovechar la falta de frío en los huesos y el extra de frío en las tuberías.

Debo confesar que para resguardarme de un resfriado, y también un poco por cobarde, he evitado algunas duchas domingueras si es que llueve o Pacheco ha bajado desde el Ávila con mayor ímpetu del acostumbrado.

Pero en general, no suelo torturarme por la falta de agua caliente. Me digo a mi misma que ya aprendí a vivir con eso.

Uno cree que puede acostumbrarse a bañarse con agua fría, pero aunque estemos seguros de que saldrá fría siempre, aunque nos convenzamos de que es mejor para la piel y la circulación, aunque vivamos en el trópico y sea más sencillo enfrentarnos al shock, si alguna vez tuvimos agua caliente siempre la extrañaremos.

Porque recordamos lo agradable que se siente el correr del agua tibia sobre la espalda. Sabemos que es más sencillo pararse bajo la ducha sin que nos importen las corrientes de aire frío. Porque entendemos que a veces los músculos y el alma necesitan el vapor para renovarse y salir a la calle de nuevo.

Es lo mismo con el amor. Una vez que sabes cómo se siente, es imposible conformarse – verdaderamente – con menos.

26.7.10

Aniversarios


A veces se celebran en conjunto. A veces en pareja. Y a veces solos.

Lo cierto es que celebran, porque siempre hay algo que conmemorar. Sea la alegría de lo que sigue ahí o la nostalgia de lo que ya no está Aunque pocas veces se celebra que no haya nada, que no hubo nada, pero pensamos que sí.

A tu salud, tomo el último sorbo de este trago. Oyendo de fondo el ritmo que impartes, tan bien en vivo como en estudio. Revolcándome en la nostalgia de lo que sigo inventándome que fue, masoquista como me gusta ser.

Porque igual no hay nada de este lado del charco que merezca la mitad del recuerdo que guardo de ti.

28.6.10

Hace rato que no existo


Tengo que escribir porque es el único ejercicio que me hace verdaderamente feliz.
Tengo que escribir porque, al contrario de manejar bicicletas, si se olvida por la falta de practica.
Tengo que escribir porque no me perdonaría perder la habilidad de teclear sin ver.
Tengo que escribir porque me he un ser mohoso, sombrío y averiado desde que no lo hago.
Tengo que escribir porque extraño la curiosa egolatría que me provoca la frase "me gusto lo que escribiste"
Tengo que escribir porque se me atragantan las palabras por dentro y se convierten en dolores, ronchas y taquicardias.
Tengo que escribir porque si no me siento un fraude. Y aunque lo sea no me gusta sentirlo.
Tengo que escribir para ser de verdad.
Tengo que escribir porque desde que empecé a escribir esto estoy sonriendo.
Tengo que escribir porque es lo único que me conecta a ciertas personas.
Tengo que escribir porque si no lo hago me hace daño la nota colgada en mi espejo. Firmada por Sebastian.
Tengo que escribir, así sea sin eñe y sin acentos.
Tengo que escribir. Y escribo.